No soy bonita

Capítulo 1: The fucking Karma

Constanza apagó el despertador la primera vez que sonó. No era común que lo hiciera, de manera frecuente dejaba que sonara un par de veces antes de levantarse. Ese día, los astros se alinearon y ella decidió hacer todo rápido. Se dio una ducha y se vistió con su horrible ropa de trabajo. Un pantalón de color gris claro, que pretendía ser del tipo palazzo, pero que se quedó solo en intenciones y que no se ajustaba bien a su cuerpo. Además, la blusa era ancha y sin forma definida. Era el peor vestuario de trabajo, sin embargo, no podía quejarse, ese era su trabajo y mientras no consiguiera otro debía aguantar o las cuentas se le acumularían. Su sueldo, con dificultad, le alcanzaba para pagar sus gastos; entre el dividendo de su departamento, los gastos comunes y el transporte apenas si le alcanzaba para comer. Ella y Paloma, su amiga, aprovechaban el almuerzo que les daban en el trabajo, aunque no tuviera sabor a nada. Era eso o no comer.

Al pensar en su amiga, se alegraba de que su situación fuera un poco mejor. Paloma era separada y mantenía sola a sus dos hijos. Su ex marido era solo un incordio, un tipo capaz de amenazarla con secuestrar a los niños para no pagar la manutención.

Constanza tomó su cartera y las llaves de su casa, apagó la música, se conectó los audífonos, encendió la música de su celular y salió de su casa. Lo mejor de vivir en ese lugar era que la estación de metro quedaba muy cerca y no debía hacer transbordos para llegar a su trabajo.

Llegó a la empresa en donde trabajaba, corrió al ascensor y presionó el piso ocho. Luego, se sacó los audífonos e ingresó a su cubículo de trabajo. Siempre era la primera en llegar y le gustaba esa sensación de paz que tenía la oficina antes de que fuera inundada por todos los que trabajaban ahí.

Tomó los papeles que estaban encima de su mesa de trabajo y los revisó uno a uno y caminó hacia el ventanal. Le gustaba mirar la ciudad desde las alturas, siempre conseguía llenarse de energías positivas, porque de las negativas tenía bastante.

Lo peor de su trabajo era hacer todo y que otros se llevaran el crédito. Odiaba esa sensación, sin embargo, lo aceptaba, puesto que no tenía más alternativa.

Su jefa, Macarena, era una arpía y mucho más linda que ella. Rubia de ojos claros, casi un clon de Kenita Larraín; mientras que Cony, por mucho que se esforzara, era una mujer normal, de cabello negro, rostro anguloso y no tan delgada. Macarena era una chica inteligente, pero no más que Constanza. En capacidades de trabajo Cony siempre fue mejor, por esto, era quien preparaba los informes que Macarena presentaba sin otorgarle el crédito. Es más, siempre la trató de forma despectiva, tildándola de fea. Cony no decía nada, solo esperaba su oportunidad para vengarse, oportunidad que estaba a punto de llegar.

Tomó los papeles y los guardó en una carpeta, esperaba que Macarena llegara antes para poder explicarle los detalles más difíciles; sin embargo, sospechaba que Macarena no sería puntual. Siempre llegaba tarde o justo a la hora, y la reunión con las empresas estaba programada para las ocho de la mañana.

Levantó el auricular del teléfono y marcó el número del jefe de ambas, deseaba ponerlo sobre aviso de la dificultad de los detalles para que estuviera alerta. Lamentablemente, este se encontraba en un taco, producto de un accidente, y al parecer llegaría justo a la reunión.

Paloma llegó corriendo, lanzó su cartera a su asiento y saludó a su amiga.

—¡Menos mal que llegaste! —dijo Cony—. Tenemos que arreglar la sala de reuniones.

—Mis hijos no querían levantarse de nuevo, y otra cosa ¿ya terminaste el informe? —preguntó Paloma.

—¡Pero claro! Ayer lo dejé listo.

—¡Eres seca!

—Ya, vamos a arreglar esa sala mejor.

—Cony —Paloma la miró a los ojos—. Ya llegará tu momento de brillar.

—Mientras eso no pase, mejor apurémonos o nos llegarán las penas del infierno.

Se dedicaron a ordenar la mesa con los informes y a preparar el proyector. Paloma supervisó que todo estuviera preparado para el coffee break y luego se fueron a sus respectivos cubículos mientras la oficina iniciaba su funcionamiento y todos iban de un lado a otro preparando el comienzo del día laboral.

Constanza se dispuso a leer un artículo de economía que encontró en internet, mientras esperaba que llegara su jefa.

Los minutos pasaban y Macarena no llegaba. Martín, el jefe del departamento, llegó molesto luego de haber pasado más de media hora en la carretera.

—¡No puedo creer que a alguien se le ocurra accidentarse justo hoy! —vociferó.

Constanza le tenía cariño, pero odiaba su lado egocéntrico. Se acercó a él con el informe en la mano.

—Dudo que las personas del accidente quisieran joderle la vida, jefe, hasta donde sé la tierra gira alrededor del sol, no de las personas. Cony habló con voz firme y decidida, ella no se dejaba amilanar por el carácter de Martín.

—Debería despedirte por irrespetuosa.

—Punto uno, no le he faltado el respeto. —La mujer no dudó en expresar sus apreciaciones—. Punto dos, no tiene ni un poco de empatía con la gente accidentada y punto tres, lea el informe antes de entrar a la reunión, no sé si tiene todo claro. Hable ahora o calle para siempre.

—Si no fueras tan buena juro que te habrías ido hace rato.

Ella se dio media vuelta y se fue, no hizo caso a las palabras de su jefe. Sabía que no la despediría, le salía muy barato tenerla ahí.

Paloma se acercó a Martín para decirle que ya estaban todos en la sala de reuniones y que Macarena aún no llegaba. Pronto Martín comenzaría a correr en círculos.

Después de un momento de angustia vieron llegar a Macarena caminado lentamente, imperturbable, enfundada en su falda tubo color negra y una blusa blanca pegada a su cuerpo, ella era la única que no usaba el uniforme de la empresa, mientras movía sus caderas sintiéndose segura.

—¿No ves la hora que es? —preguntó Martín.

—La puntualidad está sobrevalorada —respondió ella—. Lo importante es que la estrella ya está aquí.

El hombre no dijo nada, solo la hizo entrar a la sala de reuniones y le pasó la carpeta con el informe.

—Por tu bien, espero que tengas todo claro —expresó con rabia en su voz y en su mirada. Ella era su amante, pero no arriesgaría su empresa, su dinero ni nada por esa mujer.

Macarena saludó a los presentes y comenzó a proyectar el informe en la pizarra, habló de manera lenta, puesto que había algunas cosas que no tenía muy claras. —Debí preguntarle a esta estúpida de Cony —pensó mientras encontraba la mejor forma de salir del aprieto. Mientras tanto, en el exterior, Paloma contestaba su celular y hablaba con la voz temblorosa.

—¿Qué le pasó? —habló.

Constanza le hizo una señal para preguntarle que ocurría, ella le hizo una señal para que esperara.

—Voy para allá —dijo y cortó el llamado.

—Cony, Cristóbal tuvo un accidente en el colegio y necesito ir a buscarlo —mencionó mientras buscaba su cartera.

—Tú ándate tranquila, yo te cubro. —Constanza abrazó a su amiga y la acompañó al ascensor—. No te preocupes, yo veo todo, ya veré que le invento al jefe.

—Gracias, amiga. Eres la mejor. —dijo Paloma antes de cerrarse el ascensor.

En ese momento, sonó teléfono de la mesa de Paloma y Cony corrió a contestarlo. Era el jefe que pedía que le llevara un café y una botella de agua. La chica fue por la botella e ingresó a la sala de reuniones. En ese momento, se produjo lo que Constanza denominaría como el “puto karma”. Uno de los asistentes hizo una pregunta que Macarena no pudo responder, la dejó paralizada. Cony se acercó a su jefe y le dijo la respuesta casi en un susurro, el hombre que hizo la pregunta escuchó las palabras de la chica y dijo en voz alta:

—Creo que la señorita del café maneja la información de mejor manera que usted señorita Rebolledo. Si nos van a presentar un proyecto importante, lo mínimo es que manejen el contenido. Esto es irrisorio.

—Felipe. —La voz de Martin era enérgica, pero sin llegar al grito—. Macarena está un poco nerviosa y Constanza, tiene la información porque es parte del equipo de trabajo de nuestra empresa, aquí todos somos importantes, incluso quien sirve el café.

Constanza miró desafiante a Martín, estaba bastante cansada de no ser valorada, si hubiese podido le vaciaba la taza de café; sin embargo, se contuvo, ella no estaba loca, al menos no por el momento.

—Señorita. —El hombre le habló directamente a Constanza—. Creo que usted es quien mejor puede explicar esto.

Cony se puso delante de todos y comenzó a explicar todos los puntos que Macarena no pudo. Macarena estaba que explotaba de rabia, miraba a su compañera con odio y sin dar explicaciones abandonó la sala. Martín salió tras ella, mientras Cony seguía hablando.

La reunión terminó y Constanza recibió solo felicitaciones de los asistentes, particularmente de Felipe, que pidió hablar con ella.

—Eres la indicada para trabajar en mi equipo, necesito a alguien como tú. —Le extendió una tarjeta con sus datos—. Llámame durante la tarde para concertar una entrevista.

Al salir de la reunión Constanza se dio cuenta que ni Martin, ni Macarena estaba en la oficina, suspiró aliviada. Tomó la tarjeta en sus manos y toda la tarde estuvo pensando ¿Lo llamo o no lo llamo?

Capítulo 2: «Decisiones»

Constanza tomó la tarjeta en sus manos y la guardó en el bolsillo de su horrible pantalón de trabajo, no haría nada estando en la oficina; porque los planes hay que mantenerlos en silencio para que resulten. Además, necesitaba hablar con Paloma. Si hay alguien capaz de dar un buen consejo, esa es ella.

Caminó a su cubículo esperando pasar desapercibida. No quería responder preguntas acerca de la dichosa reunión, ni que sus compañeros se pusieran a especular delante de ella. No esta vez.

Ni su jefa ni Martín aparecían, lo que dio paso a los rumores de pasillo. Sacó los audífonos de su celular y se los puso. Mientras seleccionaba su música favorita, en su mente los sucesos de esa mañana aparecían una y otra vez como un disco rayado. Piensa que Martín debe estar furioso y Macarena incontrolable. Decide llamar a Paloma para saber cómo estaba su hijo después de su accidente en el colegio. No le contó los detalles de la reunión, lo haría apenas la viera, porque cualquier palabra dicha podría ser mal interpretada.

En la oficina reinaba una tensa calma y para Cony la jornada laboral, según su apreciación, no terminaba nunca. Cinco minutos antes de que se acabara la jornada apareció Martín y pidió hablar con ella.

—Tengo solo cinco minutos. Aquí no me pagan horas extras y no estoy dispuesta a regalar más de un minuto de mi tiempo. —Se puso de pie y caminó detrás de él hacia la oficina.

—No puedo aceptar lo que pasó hoy —comentó Martín—. No puedes dejar mal a una compañera de trabajo que, además, es tu jefa.

La cara de Constanza cambió. La culpaba a ella por lo ocurrido.

—¿Perdón?, ¿yo la dejé mal parada? —Elevó la voz producto de la rabia—. En primer lugar, el informe lo hice yo por completo, sin que Macarena interviniera en nada. En segundo lugar, la llamé y tú también sabes que pedí que revisara el informe para aclararle las dudas y no lo hizo.

Martín comenzó a ver que Cony estaba enojada y deseaba poner paños fríos a la situación.

—Somos un equipo Constanza y todos debemos remar para el mismo lado.

—No puedo creer que diga algo así. ¡Ahora somos un equipo! No hace mucho me culpaba a mí de la vergüenza que pasó su favorita. Soy yo la que hace el trabajo, ella solo lo presenta. ¿Qué pretendía?, ¿que no te dijera nada? Ni tú ni ella sabían lo que preguntaban, solo te di algunas referencias para que la ayudaras y me trataste como la mujer del café y sabes que soy mucho más que eso.

—Lo importante es que este evento desafortunado solo sea una pequeña mancha en nuestra empresa. —La voz de Martín intentaba ser mesurada—. Apenas llegue Macarena le pides disculpas y asunto cerrado.

—No pienso pedir disculpas, yo no hice nada malo. —Dándose una media vuelta, dijo—: Me voy, ya pasaron los cinco minutos.

Constanza decidió irse directo a casa de Paloma. Al llegar, vio a Cristóbal con el brazo enyesado y a Antonia, la otra hija de su amiga, intentando escribir algo en el yeso de su hermano, mientras Paloma preparaba la cena.

—Mejor llegar a tiempo que ser invitada. —comentó Cony— justo tengo hambre.

—Pasa y ayuda a poner la mesa —dijo Paloma mientras revolvía una olla—. Aquí todos los monos bailan.

Cony dejó su cartera en el sillón y se fue a saludar a su amiga.

—Huele muy rico, pero ¿tienes pan?

—No hay pan —respondió Paloma—. En estas fechas con suerte hay sopa.

Constanza conocía las apreturas económicas de su amiga, siempre intentaba ayudarle, a pesar de su precaria economía. Paloma tenía dos hijos que criar, ella no. Por esto, siempre que podía compraba cosas a los hijos de su amiga, a quienes adoraba.

—¡Anto, vamos a comprar! —dijo Constanza.

La pequeña corrió a los brazos de Cony y fueron a comprar. Paloma no decía nada, solo se emocionaba por tener una amiga tan leal y generosa.

Luego de volver con las compras, que fueron bastante más de las presupuestadas, se sentaron a comer. Los niños interrumpían el silencio con sus anécdotas, mientras que Paloma estaba ansiosa por preguntarle a Cony qué había pasado en la oficina, pero solo se atrevió a preguntar después de que los niños se fueran al dormitorio.

—­¡Cuéntame que pasó! —exclamó curiosa—. Si estás aquí no es solo porque no querías cocinar.

—Ah, como me conoces —mencionó la chica antes de resumir todo de lo que ocurrió en la oficina. —Ahora estoy en la duda de si llamarlo o no.

—¡Eres tonta o te haces! Después de lo que dijo Martin no te queda nada mejor que irte. —Paloma le dio un suave golpe en el hombro—. Llama a ese tipo. Lo haces tú o lo hago yo.

­­­­­­­­—Me da nervios…

—¿Y si esta es tu oportunidad?, ¡todo el tiempo estuviste pidiendo una señal y ahora la tienes!

Constanza sacó la tarjeta que le había dado Felipe y con dedos temblorosos marcó el número.

—¿Felipe Colleman?— preguntó nerviosa.

—Sí, soy yo —respondieron al otro lado de la línea.

Constanza le dijo que llamaba por la oferta de trabajo. Felipe saltó de su asiento, dudó que la chica lo llamara, sin embargo, estaba feliz de recibir noticias de ella. Según lo poco que pudo apreciar de Constanza, ella era perfecta para su plan de mantener a su hermano concentrado en el trabajo. Entonces, la citó para reunirse durante la tarde del día siguiente y así plantearle su propuesta.

Al cortar la llamada, ambas chicas pegaron un grito de alegría. Paloma estaba segura de que la vida de su amiga cambiaría para mejor.

—Si me resulta el trabajo, como sea te llevo conmigo Paloma —comentó Cony. No te dejaré con esa arpía, mucho menos después de lo de ayer.

—Si es así, te lo agradeceré, hace rato que quiero irme de ahí, al igual que tú.

Al día siguiente en la oficina, el ambiente era tenso. Macarena exigía disculpas y Martin no podía calmarla. Apenas vio entrar a Cony, que llegó tarde a propósito, le gritó deseando lanzarse sobre ella a golpearla.

—¡Querías arruinarme, hiciste todo esto a propósito! —vociferó descontrolada.

—¿Estás loca? —preguntó en voz alta para que todos, incluido Martín la escucharan.

—A ti y a Martín los llamé para que leyeran los informes ¡que yo hice!, para que no les quedaran dudas y ninguno de los dos me hizo caso. Es culpa de ustedes, no mía. Estoy cansada de que me hagan hacer los informes y que después los presenten ustedes como si nada. ¿Y es mi culpa?

Constanza casi bufaba como un toro, comenzaba a perder el control y no quería hacerlo; por lo que, decidió encerrarse en el baño hasta que sus nervios se calmaran. Al salir, Martín la esperaba y con cara de pocos amigos. Paloma miraba a su amiga compadeciéndola. No se lo merecía.

—Te pasaste con la pobre Macarena, se tuvo que ir porque le dio una crisis nerviosa.

La chica no quería dejar ese trabajo hasta que el otro estuviera seguro, puesto que no tenía ahorros para subsistir, y por nada del mundo querría pedirle ayuda a su padre. No obstante, esto no estaba siendo fácil.

—¿Qué yo me pasé? ¿En serio? —preguntó Constanza a punto de perder la compostura—. ¿Sabes qué?, durante mucho tiempo esperé algún tipo de validación de tu parte. Tienes claro que mi trabajo es el mejor, pero solo me llevo tus reclamos y los de tu amante. —Martín se puso nervioso. Nunca, ni en sus peores pesadillas, pensó que Cony diría eso delante de todos, era un secreto a voces.

—¡Constanza por favor! ¿Puedes calmarte? —vociferó.

—¿Ahora me pides que me calme? ¡Olvídalo! —La chica intentaba controlar el temblor de sus manos y de su cuerpo en general, no quería demostrar nervios—. No se merecen mi trabajo, nunca me has valorado, me tienes aquí porque te conviene, pero nunca tendré un ascenso, porque para eso tendría que acostarme contigo y eso no lo hago ¡ni muerta!

Después de decir eso, se dio la vuelta para caminar hacia la salida con la certeza de que no volvería a ese lugar, y al mismo tiempo, rogaba al cielo que su oportunidad de trabajo fuera real, estaba asustada.

Se fue hacia su casa y buscó ropa adecuada para la entrevista. Mientras se duchaba, repasaba mentalmente su discurso y respondía a las posibles preguntas que podrían hacerle. Necesitaba ser valiente, porque a pesar de todos sus miedos, esta era su única opción. En esos momentos, aparecían todos sus temores, la falta de dinero siempre fue un problema para ella, nunca pasó hambre; sin embargo, la economía no le permitía darse un gusto, vivía con lo justo y necesario.

Una vez en la recepción de la empresa, la secretaria de Felipe le pidió esperar en una de esas sillas agrupadas de a tres mientras él llegaba. Estaba muy nerviosa, le sudaban las manos, pero, como si de una revelación se tratase, decidió armarse de valor y confiar en sus habilidades.

Estando por fin con Felipe, la entrevista fue más simple de lo que pensó, él se sorprendió gratamente de su currículum. Ingeniera Comercial, Magister en negocios. Era una mujer muy capaz y preparada. No entendía por qué estaba en esa empresa realizando una labor para la que estaba sobrecalificada. No hizo ningún comentario al respecto, confiaba en su intuición, ella sería una buena empleada y ayudaría a mantener a su hermano a raya.

Sin dejar pasar mucho tiempo, Felipe de inmediato le dio la bienvenida a la empresa, y solo desde ese momento, Cony pudo respirar tranquila. Ahora solo quedaba conseguirle a Paloma un puesto de trabajo junto a ella.

Al terminar la reunión, Felipe la invitó a la fiesta de aniversario de «Colleman & Co», ahora su nueva empresa, para ser presentada el viernes como la nueva trabajadora del área de negocios internacionales. Allí debía conocer a su nuevo compañero Alonso, el hermano menor de Felipe.

El día de la fiesta, Cony se miró en el espejo y por fin, después de varias pruebas, se decidió por un vestido. Era uno negro sencillo, aunque no sabía si era acorde a la ocasión. Llegó al lugar donde se realizaba la fiesta y se dio cuenta de que todo era muy fastuoso. Se sintió fuera de lugar, ella no estaba acostumbrada a toda esa parafernalia.

Se sentó en la barra, muy cerca de la entrada, y pidió una cerveza. La bebió lentamente mientras observaba el lugar intentando encontrar a Felipe. Él la vio y saludó, le presentó un par de personas y luego siguió su camino dejándola sola nuevamente.

Luego de un rato, estando a punto de irse, llegó un hombre al evento. Se veía en estado de intemperancia. Se sentó cerca de ella y pidió un whisky solo, lo bebió de un trago y pidió otro. A Cony le sorprendió verlo beber tanto y tan rápido. Después de un rato, ella se sintió incomoda y salió del lugar.

La noche estaba fresca y Constanza deseó haber traído consigo algo para abrigarse, por lo que, solo se abrazó a sí misma para infundirse algo de calor, dejando que los minutos pasaran y deseando poder irse. Pensaba en buscar a Felipe y decirle adiós, después de todo, su trabajo comenzaba el lunes y ella quería estar descansada.

Luego de despedirse solo de su nuevo jefe, la única persona que conocía, salió hacia la calle a pedir un taxi. Sin embargo, se dio cuenta de que no tenía la aplicación de Uber en su celular y de que ya no le quedaban datos móviles. Miró hacia el frente y vio al hombre que estaba a su lado en la barra. Al parecer, este estaba siendo víctima de un asalto, porque un hombre y una mujer estaban muy cerca de él. Ella intentó mirar a otro lado, pero su instinto la hizo dudar. ¿Lo ayudo o me voy?

Capítulo 3: «¿Por qué eres así?»

«La conciencia es una perra» pensaba Cony, no podía dejar a ese hombre a merced de la delincuencia, a pesar de que su cerebro le decía que esto le traería más de algún problema. Su padre le mencionaría lo buena persona que es y lo mucho que se parecía a su madre. Ella pensaba en lo mucho que extrañaba a su progenitora, la falta que le hacían sus consejos ¿qué habría pensado de este cambio de trabajo?

Mientras su mente cavilaba, se acercó hacia el hombre que intentaba por todos los medios deshacerse de una mujer que estaba demasiado próxima a él y a su auto. Por lo que Cony pudo ver, era un Jaguar —bastante caro—, deportivo y, lo más probable, del año. Gracias a su padre, que era mecánico, ella sabía mucho de autos y aprendió a manejar siendo muy joven —incluso antes de la edad legal—, puesto que, desde pequeña, sobre todo después de la muerte de su madre, su tiempo libre lo pasaba acompañando a su padre en el trabajo.

—¿Todo bien mi amor? —le preguntó al desconocido, causando extrañeza en la mujer y en el hombre, que apenas abría los ojos de lo borracho que estaba.

Constanza se acercó a él y le quitó las llaves del auto que tenía en las manos y que la otra mujer intentaba por todos los medios obtener de él.

—¿Y a vo’ quien te echó fichas? —preguntó la mujer en un lenguaje bastante coloquial que para Cony no era del todo desconocido.

—Mejor raspa de aquí si no querí’ que llame a los pacos, este es mío —habló apuntando al hombre—. Yo lo vi primero.

—¡Ellaaa! —exclamó la mujer.

—Ya, chao no más —dijo Cony haciendo un ademán.

La mujer deseaba seguir peleando por lo que consideraba suyo, sin embargo, la sirena de la policía la hizo retroceder.

—Estate viva… ¡ya nos veremos de nuevo! Y ni los pacos te salvan.

Cony tembló por dentro producto de la amenaza, pero decidió fingir valentía, sabía que cuando ocurría algo así, debía ser valiente.

—¿Puedes manejar? —le preguntó al hombre que apenas se movía apoyado en su auto, justo en la puerta del copiloto.

Él no hizo ninguna clase de movimiento.

—Parece que solo el aire te sostiene —comentó—. Apretó el mando a distancia del auto y desbloqueó la seguridad. Lo ayudó a moverse del lado de la puerta, la abrió y lo ayudó a sentarse. Aunque el vehículo era espacioso, no podía ayudarlo a subir los pies al interior. Se detuvo solo un momento y pudo ver sus ojos almendrados de color café y su rostro, algo en él le gustaba.

—Sin fantasías —se dijo a sí misma.

Después de la proeza de subirlo al auto se fue por la otra puerta para ser ella quien condujera. No le parecía dejarlo ahí, ni menos que fuera él quien manejara, ya había muchas muertes por causa de conductores ebrios. No podía dejar eso en su conciencia. ¿Por qué eres así? Se preguntaba.

—Oye, tú. ¿Dónde vives? El hombre acomodó su cabeza en el respaldo del auto y se durmió, con la boca levemente abierta y roncaba.

—¡Lo que me faltaba! Ahora ¿Qué cresta hago? —Intentó moverlo, pero, no resultó, el hombre seguía dormido. Encendió la radio y puso una estación que tocaba rock, subió el volumen y aun así el hombre seguía durmiendo. Tomó la decisión más irracional en sus no tan cortos treinta años.

Encendió el auto y se fue rumbo a su casa. Siempre podía dejarlo durmiendo en el estacionamiento.

Se maravilló con aquel vehículo, alcanzaba una velocidad de 250 kilómetros por hora, aumentó la velocidad lo más que pudo, en un intento por disfrutar de algo que ella jamás podría tener; porque el dichoso auto valía aproximadamente unos ochenta millones de pesos, ni vendiendo cada órgano de su cuerpo le alcanzaba para tener uno así.

—Como dicen Phineas y Ferb “carpe diem, aprovecha el día”, nunca más andaré en un auto así —habló en voz alta, recordando los dibujos animados que veía con los hijos de su amiga. Paloma, si ella supiera en lo que andaba, de seguro le daría un gran reto, porque la mujer la protegía como una madre, a pesar de ser casi de la misma edad.

Con el aumento de la velocidad, el hombre comenzó a mostrar signos de despertar y no de la mejor manera. Se produjo una situación que no es para nada agradable. Dentro del auto, el tipo comenzó a expulsar todo el alcohol de su cuerpo, dejando un reguero dentro del vehículo. De haber podido, Cony se habría tapado la cara con ambas manos.

Abrió las ventanas del auto y dejó salir el mal olor, luego de esto, el tipo seguía dormido. Estaba a punto de explotar de rabia.

—¡Debí dejar que se lo llevaran! —exclamó mirando hacia arriba, luego se arrepintió, porque su cerebro comenzó a proyectar imágenes de los noticieros comentando la desgracia de un hombre millonario muerto. Claro, porque a la prensa siempre le encantan los dramas, sobre todo si los protagonistas son adinerados, a los demás, los pobres, solo los usan para rellenar sus noticieros.

Llegó al estacionamiento del edificio en el que se ubicaba su departamento y entró directo al estacionamiento que le correspondía. Un chico que trabajaba ahí se acercó con desconfianza al auto, nunca, ni en sus sueños había visto un Jaguar de cerca y no entendía que podía estar haciendo un auto de esas características en ese lugar.

Al ver que Constanza bajaba del auto se sorprendió aún más.

—¿Te robaste ese auto? —preguntó con mucha curiosidad.

—¡Estúpido! ¿Cómo se te ocurre? —respondió—. No es mío, el dueño está adentro—. No quiso dar más explicaciones porque ¿Cómo se explica la locura que acababa de cometer? —Si quieres ganar plata te tengo un trabajo.

—¡Claro! Ya sabes, hago lo que sea por dinero, menos matar. Incluye favores sexuales por si necesitas.

—¿Quién te dijo a ti que yo necesito esa clase de favores? Jimmy, necesito que laves el auto y que me ayudes a llevar a mi amigo a mi casa.

—¡La clasecita de amigos que te gastas! —comentó mientras Cony abría la puerta del auto para que el hombre saliera de ahí y poder subirlo a su departamento, después de lo ocurrido durante el viaje no podía dejarlo dormir ahí, de seguro moriría intoxicado.

Entre los dos lo llevaron en andas hacia el ascensor y lo dejaron apoyado en una de las esquinas, el tipo se cayó y quedó sentado apoyando la cabeza en el vidrio del ascensor. Ahora, su única preocupación, era que no se fuera a accidentar el hombre del cual solo sabía que tenía un auto de lujo, ni siquiera conocía su nombre.

Llegaron al departamento y luego de dejarlo apoyado en la puerta, Cony sacó cinco mil pesos de su cartera y se los paso a Jimmy.

—La mitad ahora y la otra mañana. Cuando esté listo ven a dejarme las llaves y ni se te ocurra salir en él. Puedo ver las cámaras…

Ante la advertencia, Jimmy solo movió los hombros.

—Pero si me saco una selfie… eso no me lo puedes negar. Mira que tiraría pinta en un auto de esos.

—Vive la realidad, Jimmy, mejor no fantasear—. El chico tomó las llaves que le pasó Cony y se fue a cumplir con su labor. Ella, mientras tanto, entró como pudo con él afirmado de su hombro. Al entrar, nuevamente se repitió la acción ocurrida en el auto y Constanza lo lamentó, porque fue justo sobre la alfombra que tenía de recuerdo de su madre. Lo llevó al baño y le sacó toda la ropa que había quedado sucia, casi lo metió al agua para despertarlo, pero decidió no hacerlo. Dejó la ropa tirada y lo movió hasta su cama. Ahí cayó como peso muerto, completamente desnudo y ella, aunque no quería, no pudo dejar de mirarlo. Era bastante guapo, cuerpo bien formado y una parte de su anatomía resaltaba.

—Guau… —no pudo decir más.

Lo movió hasta dejarlo en la orilla de la cama, por si ocurría otro accidente y lo tapó con unas mantas que tenía en su closet. Se fue al baño y tomó la ropa del tipo y sacó las cosas que portaba en el bolsillo del pantalón. Caminó hacia el comedor y dejó todo encima de la mesa. Programó la lavadora, dejó que cumpliera el ciclo completo y rogó porque el detergente hiciera las maravillas que prometía en los comerciales. Mientras tanto, Cony se dedicó a observarlo dormir y pensó en qué pasaría por la cabeza de un hombre que se dedicaba a emborracharse de esa manera, que ni siquiera sabía dónde estaba. «Los ricos también lloran». Pensó.

El no dormir da a las personas pensamientos que de manera consiente quizás no tendrían. Constanza miraba la alfombra de su madre y lloraba por no poder arreglar el desastre. En su cabeza cavilaba la venganza. Le haría pasar el susto de su vida, eso, si su conciencia se lo permitía.

Capítulo 4: «V de venganza»

Constanza apenas respiraba pensado en lo que haría. No estaba segura, pero la rabia la había cegado. Necesitaba cobrarse todos los desastres que aquel desconocido había hecho en su vida, sobre todo el arruinar la alfombra de su madre, su gran tesoro. Era lo único que pudo conservar de ella, antes de que su madrastra arrasara con todos los recuerdos físicos que tenía.

Fue al baño y vio que tanto la lavadora como la secadora habían cumplido sus ciclos. Sacó la ropa y la miró. Un traje con la etiqueta de “Cielo Milano” la tienda de Marcelo Marocchino. Ese italiano que era la debilidad de ella y de su amiga Paloma. Pensó en llamarla, pero vio la hora y aún no eran las siete de la mañana; por lo que, decidió dejarla dormir, ya le contaría y de seguro, no le creería nada. De hecho, ni ella se lo creía.

Tomó la camisa del hombre y se la puso, como en las fantasías en las que la chica se viste con la ropa masculina, solo que, en este caso, nació la idea para la venganza. Se desnudó casi por completo, miró su ropa interior y se sacó el sostén, se puso la camisa nuevamente y se soltó el cabello. Se miró en el espejo y se sintió bastante bien, incluso no pensaba en ella como una «mujer sin gracia», lo que siempre le habían señalado y que ella también acostumbraba creer. Se puso la corbata —parte importante del traje—, entre medio de sus senos y tomó el resto de la ropa y los dejó doblado encima de la cama, a un lado de donde ella se sentaría a esperar que el hombre despertara.

Después de media hora, el tipo seguía durmiendo, por lo que, decidió comenzar a despertarlo de manera sutil.

—Hey, despierta.

El hombre se movió un poco, aunque no despertó del todo, Cony cambió su método.

—Mi amor, despierta —le dijo con voz acaramelada.

En el inconsciente de sus sueños, Alonso escuchó una voz llamándolo “amor” y tuvo miedo. No recordaba nada. Despertó, pero seguía con los ojos cerrados.

—Tengo ganas de repetir lo de anoche —dijo la voz. En el estupor en el que estaba, decidió enfrentar la realidad y abrir los ojos. Ahí la vio, una mujer con el cabello suelto, con su camisa y corbata que lo miraba casi con ilusión.

—¡Por fin despertaste! ¡Sabía que habías quedado cansado, pero nunca pensé que tanto! «Pobre, hasta me da un poco de pena» pensaba Constanza al ver a su víctima con esa mirada de angustia. «No recuerda nada».

—¿Qué pasa mi amor? —preguntó curiosa. Aunque al verlo se arrepentía de su curiosa venganza, solo que ya no podía volver atrás «Debería tener el giratiempo de Hermione, cambiaría el pasado y nunca habría traído a este hombre a mi casa» Pensó para sí misma haciendo uso de su lado fanático de Harry Potter, luego de verlo apenas reaccionar.

—Lo siento —comentó el hombre que aún estaba desnudo—. Te pido perdón, pero no recuerdo nada de lo que pasó anoche. Creo que bebí de más.

—¡No puede ser! Anoche me dijiste que habías sentido un flechazo por mí y pasamos la noche más increíble del mundo mundial. ¡Me dijiste que me veía increíble con tu ropa!

Alonso se levantó y se dio cuenta que estaba desnudo. Constanza no pudo evitar mirarlo y él se apresuró a cubrirse con una almohada de la cama.

—En serio, no recuerdo nada. —Su voz denotaba la angustia que sentía y Cony estuvo a punto de arrepentirse de su venganza, pensó que se había extralimitado. Debe ser horrible despertar y no saber dónde estás, pero se lo merecía, por emborracharse de esa manera—. Te pido perdón, pero no sé qué pasó anoche ni lo que dije.

Constanza siguió con su actuación dramática, digna de un Óscar a mejor actriz. Se tomó la cara con ambas manos y comenzó a sollozar, luego se sacó la camisa y la corbata y las lanzó hacia él, que comenzó a vestirse sintiendo el peso de la responsabilidad en sus hombros.

Cony se vistió con una camiseta holgada y unos pantalones deportivos, abandonó la habitación y se fue al comedor dispuesta a seguir con la farsa. La curiosidad le hizo tomar la billetera de aquel hombre y abrirla.

—Veamos quién eres —comentó mientras revisaba meticulosamente la billetera, tomó su carnet de identidad y luego se tapó la boca con su mano solo del impacto. Alonso Andrés Colleman Verdugo. Su cerebro comenzaba a recordar: «Vas a trabajar con mi hermano Alonso». No podía ser… El tipo al cual había engañado era su futuro compañero de trabajo.

Alonso salió de la habitación, Cony dejó caer la billetera en la mesa y se dio vuelta, no quería dar la cara, no podía dejar de pensar. «Ahora sí que necesito con urgencia el giratiempo de Hermione».

—Vete de mi casa —habló para terminar su actuación—. Creo que debo olvidarme de ti para siempre, no se puede entregar el corazón en solo una noche.

—Lo siento, de verdad no recuerdo nada.

A ella le dieron ganas de recordarle lo que pasó en el auto y como había arruinado la alfombra de su madre, sin embargo, percibió en su voz una gran angustia, debía dejarlo ir… Así, sin decir nada más.

Se fue a su habitación sin mirarlo. Alonso debió adivinar en donde estaba la puerta de salida. Tomó su billetera y las llaves de su auto y salió apresurado, confundido y angustiado, sin saber cómo su vida había llegado a ese rumbo, nunca quiso dañar a nadie, solo deseaba olvidar. Ahora, deseaba recordar en qué momento pasó todo y como su vida quedó patas arriba en una sola noche.

Llegó casi borracho a la fiesta de la empresa de su familia, solo para molestar a su hermano, porque quería que se diera cuenta que no deseaba estar en ese lugar ni con esa gente. Mucho menos en el día que se celebraría su boda, esa que no se realizó porque la novia lo engañaba. Desde que descubrió la traición de su amigo y su novia —algo tan típico, casi de novela romántica—, se dedicó a ahogar sus penas en alcohol, más que nada la rabia que lo agobiaba y el dolor del fracaso, porque a sus cuarenta y dos años aun no tenía la vida que deseaba. Quería casarse para poder sentir que encajaba en esa sociedad que lo miraba raro por seguir soltero y sus planes se fueron al carajo por el engaño. Según su padre, era mejor eso que vivir toda la vida engañado. Por eso lo trajo a Chile, para que volviera a tener ese ímpetu que lo llevó tan alto en los negocios.

Ahora, no solo había decepcionado a su padre y a su hermano, sino que a él mismo. Hizo algo horrible, aprovecharse de una mujer y ni siquiera recordarlo. Su cerebro intentaba recordar, pero nada pasaba. Llegaría a su casa a dormir y esperaría poder ordenar su cabeza. Mientras tanto, Cony vivía minutos de terror.

—¡Como fui tan estúpida! —se auto regañaba—. No puedo ir a ese trabajo, no puede verme… ¡Ah!, ¡qué rabia!

Su teléfono sonó, su padre la llamaba para recordarle que era el aniversario del fallecimiento de su madre —como si existiera la posibilidad de olvidarlo—, y le pedía que se reunieran en su casa para ir al cementerio juntos. Ella no deseaba ir, sabia de la reticencia de su madrastra y sus hermanas a que ella fuera a la casa de ellos; sin embargo, no le negaba nada a su padre. Luego, Paloma la llamó para preguntarle a qué hora iría al cementerio, deseaba acompañarla. Constanza solo pudo agradecer a su leal amiga por acompañarla en esos momentos. Aunque ya habían pasado más de quince años de la muerte de su madre, Cony no dejaba de extrañarla y de pensar en la falta que le hacía.

Después de la visita al cementerio, Constanza y Paloma salieron con dirección a la casa de esta última, se despidieron de Roberto, el padre de Cony y caminaron en silencio, hasta que Paloma le preguntó que sucedía y ella le contó todo de golpe. Paloma pasaba por distintos estados, desde la sorpresa a la rabia, aunque decidió no juzgar. Conocía a su amiga y sabía que era una mujer mesurada. No obstante, todos podemos perder los estribos en alguna ocasión. Pensó en aconsejarla, sin embargo, Cony no dejaba de autoregañarse.

—Deja de autoflagelarte, lo hecho, hecho está —dijo Paloma—. Ahora debes pensar en lo que se viene.

—No quiero pensar en eso…

—Eres grande, debes asumir. ¡Ni pienses en abandonar el trabajo! ¡Te lo prohíbo Constanza Javiera Rivera Pérez! —Paloma la llamaba por su nombre completo cuando se enojaba, al igual que hacía con sus hijos—. Tienes dos opciones: Te presentas delante de ese tipo como si nada hubiera pasado o le dices la verdad y enfrentas las consecuencias.

Capítulo 5 «Mal de la cabeza»

Alonso llegó a su casa devastado, su cabeza no dejaba de molestarle, el dolor de la resaca y los recuerdos de la pasada noche le pesaban. Más que nada, lo que le molestaba era precisamente lo contrario, no recordar.

¿Quién era esa mujer?, ¿cómo fue a parar a ese lugar? Eran las preguntas que le surgían en su cabeza y por más que intentaba no encontraba respuesta.

Se metió a la ducha y dejó que el agua caliente se llevara todo el agotamiento físico y mental que traía, a pesar de ser pasado medio día, se metió en la cama e intentó dormir. El día siguiente comenzaría su nuevo empleo en la empresa de su familia y necesitaba, de una vez por todas, poner énfasis en su vida laboral, ya que, la personal, dejaba mucho de desear. Su vida cambiaría, de eso estaba seguro, se sentía motivado por el desafío. No habló mucho con su hermano, quería dejarse sorprender.

Constanza pensaba en las palabras de su amiga y tenía miedo, estaba nerviosa. Recordaba las palabras de Dumbledore «Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran quienes somos, mucho más que nuestras habilidades» y de nuevo su lado Potterhead salía a relucir, como digna fan de Harry Potter. Su elección la llevó al lugar en donde estaba, a punto de comenzar un nuevo trabajo y con un dilema existencial; si le decía la verdad o no a Alonso.

Caminó hacia el metro intentando no pensar demasiado, aunque francamente, le era imposible, se dirigió a la casa de su padre, resignada, le cargaban los domingos cuando era invitada a participar del almuerzo familiar. Odiaba esos días y por más que trataba, siempre su padre la hacía sentir culpable de su ausencia, aunque tenía súper claro que no era bienvenida en ese lugar, sus hermanas no la querían mucho y su madrastra no paraba de criticarla. Solo con Emilia, la hija mayor del nuevo matrimonio de su padre, tenía una relación un poco mejor, sin embargo, con Natasha, su hermana menor, el sentimiento mutuo era muy cercano al odio.

La joven Natasha creció para hacer de la vida de su hermana mayor una tragedia. Siempre buscaba ser el centro de atención e incluso, se acostó con el que era novio de Constanza solo para joderla.

Sí, Constanza estuvo a punto de casarse una vez, hasta que, gracias a Dios, su hermana le hizo el favor de quitarle al novio. Claro que sufrió, en un principio, sin embargo, termino agradecida, Jorge nunca fue una buena pareja, siempre le cuestionó todos sus logros, por lo menos, ahora eso se lo hacía a su hermana.

El almuerzo fue como siempre, Alicia, su madrastra intentando molestarla para provocar que Cony reaccionara y luego culparla de ser agresiva, mientras que su hermana se burlaba de ella cada vez que podía. Constanza estaba agotada, su padre, como mudo espectador no decía nada y eso era peor para ella.

Simuló un llamado de teléfono para salir de ahí y se fue nuevamente al cementerio.

—Mamita, ¡porfa ayúdame! —habló mirando la lápida de su madre—. ¿Qué hago? Ya sé que estoy mal de la cabeza, pero por favor necesito una señal.

Se quedó esperando algo, una señal del cielo, lo que fuera, cualquier evento que la ayudara a tomar la decisión correcta, no obstante, no ocurría nada. Inhaló de manera fuerte y se levantó para salir del cementerio, sin prisa, lentamente, como le gustaba, en ciertas ocasiones, Cony se sentía ajena a este gran Santiago, que vivía de manera tan rápida, a veces, le gustaba tomarse todo con calma y caminar lento, solo para ir en contra de esa selva de cemento en la que vivía.

Su cabeza nuevamente recordaba frases de su saga literaria y cinematográfica favorita, se refugió en ellos cuando su madre murió. Recordaba esa frase que le dio el valor que necesitaba. «No sirve de nada quedarse sentado preocupándose. Lo que tenga que ser será, y nosotros lo enfrentaremos cuando venga». Así que tomó la decisión de quedarse callada y esperar.

Luego de un agitado día domingo, llegó a su casa y se dio una ducha y tomó el control remoto del televisor y lo encendió. Buscó una película en Netflix y comenzó a ponerse el pijama. Recordó el momento en que vio a Alonso completamente desnudo en esa misma cama. Se acostó mientras las imágenes de la película se le hacían cada vez más chicas y se empezaban a mezclar con las de un hombre dormido, algo inconsciente…

Despertó temprano antes que sonara la alarma, estaba ansiosa por comenzar ese nuevo día y por lo que le depararía esa nueva oportunidad de trabajo. Se tomó un café bastante cargado y luego reviso su outfit, tacones altos, falda tubo a la rodilla y blusa blanca piqué y su bolso de imitación de Louis Vuitton que se compró de manera compulsiva y nunca había podido estrenar.

Tomó las llaves de su casa, cerró bien la puerta, sacó su tarjeta Bip para poder pagar el metro y caminó las pocas cuadras que separaban su departamento de la estación. Subió al metro y al hacer transbordo comenzó a temblar, los nervios se apoderaban de ella al acercarse al lugar en donde vería nuevamente a Alonso Colleman. Un mensaje a su celular interrumpió sus pensamientos. Paloma le deseaba éxito en su primer día, solo con ese mensaje, ella se sintió mejor, siguió caminando hasta que pudo abordar el nuevo tren y dirigirse a la estación, en donde estaba ubicado su nuevo lugar de trabajo.

Bajó del metro y caminó, al llegar al edificio preguntó por Felipe Colleman y le indicaron que subiera al décimo piso, subió por el ascensor y golpeó la puerta en donde vio escrito el nombre de él. Una voz en el interior le pidió que pasara y al hacerlo vio en pleno a los dos hermanos Colleman. Felipe, que era un poco más bajo que Alonso, de cabello café claro y ojos verdes y su hermano, que era de cabello negro y ojos cafés, con leves arrugas en su rostro y una mirada penetrante, al parecer, la había reconocido.

—Alonso —habló Felipe—. Te presento a Constanza, ella será tu nueva compañera.

Alonso le extendió la mano y ella le respondió de la misma manera.—Un gusto Constanza, aunque creo que ya nos conocemos.

Cony sintió su rostro palidecer, sus piernas temblaban, estaba a punto de caer al piso.—No creo —mencionó—. Lo recordaría de haberlo visto antes ¿no cree?

—Estoy seguro que la vi en la fiesta. —Alonso no dejaba de mirarla mientras le hablaba.

—No lo creo, Alonso, ¿verdad? —mencionó con la voz llena de seguridad, actuando perfectamente.

—Usted usaba un vestido negro —comentó observando su vestimenta.

—Muchas usaban un vestido negro, es el color de la temporada.

—No creo poder haberme confundido tanto —habló moviendo la cabeza de un lado a otro.

—En el estado en el que estaba… —dijo Cony y enseguida se arrepintió. Se delató a sí misma.

—Entonces si me vio.

—Todos lo vieron, pero no me topé con usted. Lo vi salir acompañada de una mujer a la salida.

En esos momentos Felipe los interrumpió para invitarlos a conocer la oficina que compartirían «Uff, salvada por un pelo», pensó para sí misma. Felipe les comentó que estaban buscando una secretaria y Cony aprovechó para decirle que tenía una y era una gran profesional, Felipe le prometió tenerlo en cuenta y le pidió los datos de la chica. Cony esperaba que resultara, ese gran momento solo se podía mejorar al tener a su amiga al lado.

Luego les mostró el lugar, había pantallas Led con los principales canales de economía del mundo y había dos mesas con computadores de última generación, impresoras, máquina de café… Para Cony era el paraíso.

—Aquí comenzaran a gestar los proyectos más importantes de la empresa —dijo Felipe—. Espero estén cómodos y puedan trabajar tranquilos.

Las palabras no le salían a la chica, que miraba todo a su alrededor maravillada, como un niño mirando una juguetería; un niño antiguo, los de ahora solo estarían así mirando Tablet o PlayStation pensó en su mente y rio sola.

—¿Pasó algo gracioso? —preguntó Alonso.

—No, nada, solo pensaba.

—¿Hay algo que desees decirme? —consultó el hombre cuando Felipe los dejó solos.

—No, nada; nada que sea importante.

Alonso pensaba en lo difícil que se le hacía no recordar lo ocurrido con Constanza y no podía dejar de pensar en lo ridículo de ese momento. Estaba frente a la mujer que esperaba no ver nunca más y lo peor, la encontraba interesante. Decidió echar mano a sus encantos, porque estaba seguro que esa mujer tenía algo oculto con respecto a lo ocurrido entre ambos y él lo averiguaría; ya que, su vida dejó de ser la misma desde que despertó en la cama de esa mujer.

—Ya que vamos a ser compañeros de trabajo, me gustaría invitarte a comer, así nos conocemos un poco más y así me cuentas como es que llegué a tu casa.

Capítulo 6 «Mala fama»

Constanza dudó en responder, sin embargo, debía hacerlo, no esperaba que ese momento llegara tan pronto. Esperaba que Alonso tardara en recordarla, o que por lo menos disimulara «no se puede confiar en los hombres» pensó.

Suprimió la risa nerviosa y usó todo su autocontrol para responder a la pregunta de su nuevo compañero de trabajo.

—El viernes por la noche —dijo Alonso con seguridad—. No salgo en días de semana.

—¿Por qué? —preguntó curioso, para él eso era extraño.

—Porque me gusta descansar para poder rendir de buena manera en mi trabajo.

—Eres especial, Constanza…

No supo cómo interpretar las palabras de Alonso, por lo tanto, guardó silencio y continuó mirando a todos lados sin saber en qué lugar fijar la vista, necesitaba rápido alguna distracción. Para su suerte, Felipe llamó a ambos para comunicarles que comenzarían a revisar un nuevo proyecto, y les pidió encarecidamente que hicieran una evaluación en profundidad; ya que, este era un proyecto bastante importante para la empresa.

—Necesito que revisen los documentos que les enviaré a sus correos y que hagan una evaluación, tienen tres días para presentar el informe.

—Claro, no hay problema —respondió Alonso.

—Creo que yo si tengo un problema —habló Cony.

—¿Qué pasa?, ¿algo que te moleste? —comentó el mayor de los Colleman mirando a su hermano.

El aludido solo movió la cabeza negando la más mínima acusación, aunque en su interior, le preocupaba haberla presionado demasiado.

—Nada grave, Felipe. Es que no tengo correo electrónico de la empresa y mi correo personal no es muy ejecutivo que digamos.

—Ah, pero eso no es problema, ve al departamento de informática y ahí crearán tu correo y clave. Además, necesito que te ingresen al sistema para que puedas entrar a la oficina y hacer el ingreso y salida, esto es a través del iris.

Constanza se sorprendió por todo lo que le había comentado Felipe y fue a informática a realizar todo el trámite, para ella fue algo divertido.

Luego de ese momento, se fue a su oficina y abrió su correo electrónico recién creado, Felipe le envió la documentación y ella se puso a leer de manera concienzuda, necesitaba tener claro cada uno de los detalles para poder hablar con Alonso y hacer el bendito informe.

Después de algunas horas, su estómago le reclamaba de hambre y se lamentó no haber traído algún sándwich, sobre todo, porque estaba escasa de dinero. Aún no le pagaban el finiquito de su anterior empleo y sus ahorros eran mínimos, debía esperar a llegar a su casa y comer algo ahí.

Alonso la observó y se dio cuenta que no había comido nada, no quiso preguntar, pero supuso que era por falta de dinero, no había que tener un magister para darse cuenta que era una mujer de recursos económicos algo limitados. No dijo nada, solo salió por un momento y volvió con una bandeja con un café y un sándwich de pollo para ella y para él.

—Ni siquiera has levantado la cabeza para respirar. No quiero que te desmayes, come. —Le extendió la bandeja y se dio la vuelta, sin darle la oportunidad de decir nada.

Ella lo agradeció en su interior, no quiso decir nada que arruinara el momento, solo agradeció y se dispuso a comer, intentando no demostrar lo hambrienta que estaba.

Alonso pensaba en las desigualdades, porque veía en los ojos de Constanza una mujer que intentaba ganarle a la vida y al parecer no le era nada fácil y él, mejor no decir nada, hasta hace poco era la oveja negra de la familia. Ver a esa chica ser tan metódica en el trabajo, tan inteligente —ya que, se había dado cuenta de un par de errores—, le hacía pensar en cuantas personas estaban en esa situación, sin los privilegios de la clase acomodada.

Los días siguientes fueron bastante calmados, no obstante, llegó el viernes y se debían esa comida y conversación. Constanza fue la encargada de escoger un lugar. Sorprendió a Alonso, puesto que, él pensaba que ella escogería algún lugar más caro, sin embargo, ella lo llevó a un lugar muy especial, uno de los típicos restoranes del Mercado Central y no sería una comida, sino un almuerzo.

—¿Me trajiste a comer mariscos porque son afrodisiacos? —preguntó Alonso con picardía.

—Te traje porque hace rato que quería comer mariscos y tú vas a pagar, así que no tengo que preocuparme. —Constanza ignoró las palabras coquetas de Alonso.

—No entiendo porque una mujer tan bonita se abochorna con un piropo.

—No soy bonita, Alonso. Tengo cualidades, pero la belleza no es una de ellas.

—¿Eso según quién? Yo te encuentro linda.

—Dejémonos de juegos… Quieres la verdad de esa noche ¿no? Eso te diré.

—Está bien, cuéntame. ¿Qué pasó entre nosotros?

—Entre nosotros no pasó nada. —Tomó aire y se dispuso a continuar contando la historia—. Salí del local y te vi, apenas te mantenías de pie mientras una mujer intentaba quitarte las llaves del auto. Le dije que éramos pareja y se fue, no sin antes amenazarme.

—Eso no lo recuerdo —comentó Alonso—. Tengo algunos recuerdos, pero son muy pocos.

—Después, te subí al auto y busqué algún documento tuyo y no había nada, así que te llevé a mi casa. —Ella comenzó a recordar las cosas que pasaron en el auto y no le gustó para nada de lo que se acordó—. No querrás que te cuente lo que hiciste en tu propio auto y en mi casa.

—Creo que recuerdo algo de eso… —Alonso se tapó la cara con las manos—. No arruinemos esta gran comida con esos recuerdos.

Vio que su comida llegaba a la mesa, las machas a la parmesana se veían increíbles y cuando las probaron se dieron cuenta de lo deliciosas que estaban.

—Esta comida es maravillosa —comentó Alonso—. Es lo mejor que he probado en mariscos.

—¿Allá en Estados Unidos no comías mariscos? —preguntó Cony con curiosidad.

—No de esta manera. —Alonso seguía con curiosidad—. ¿Qué pasó después?

—Te dormiste, tuve que meterte a la ducha y lavar tu ropa… No dormí en toda la noche y de ahí se me ocurrió hacerte creer que habíamos pasado la noche juntos.

—Debo decir que verte con mi ropa ha sido una de las cosas más sensuales que he visto.

—Deja de decir esas cosas.

—No puedes prohibir los pensamientos libidinosos de mi mente…

Constanza se sentía inquieta, cada vez que Alonso le decía algo acerca de su belleza no le gustaba, sentía que le tomaba el pelo. Porque ella se miraba todos los días en el espejo, o casi todos los días, y no veía en ella nada de belleza; los ojos grandes, las pestañas largas, la nariz aguileña, labios delgados. No era para nada una belleza —según los cánones tradicionales—, pero para ella, que nunca se fijó en eso, ahora se lo planteaba, solo por las palabras de Alonso. «Nada de confiar en las palabras de un hombre, ya viste lo que le pasó a tu mamá, se enamoró como loca y terminó sola y desdichada» habló para sí misma.

Luego de terminar la cena, Alonso se puso frente a ella y le tomó ambas manos.

—Debo serte sincero, me sentí utilizado cuando me di cuenta de la mentira, pero creo que te debo la vida. Podría haber muerto o peor, haber matado a alguien y tú te arriesgaste por mí.

Ella no podía responder, menos aún al sentir el calor de sus manos en contraste con las suyas que estaban como las de Elsa de Frozen.

—No te preocupes, es necesario que dejemos el pasado atrás, ahora somos compañeros de trabajo y quiero que sigamos siéndolo. Me encanta lo que hago y no quiero que nada lo arruine. —Sé que tengo mala fama, sin embargo, nunca haría algo que echara a perder tu sueño.

—Gracias por eso, Alonso. Constanza no tenía más palabras, estaba agradecida de su compañero por entender lo que ese trabajo significaba era para ella. Aún no soltaba sus manos, le gustaba esa sensación de tenerla así.

En un momento, cuando estaba a punto de irse, Constanza vio algo que hizo que su rostro cambiara, su hermana con el que fuera su ex pareja. No le gustó encontrárselos, ya suponía que Natasha haría algo para echarle a perder la tarde.

—¡Mira a quien vinimos a encontrar, Jorge! ¿No es mi querida hermana mayor? ¡Y con un hombre de la mano!, ¿con qué lo drogaste?

Alonso vio en esa chica la chispa de maldad, esperaba humillar a su hermana. De solo verla, se daba cuenta porque Constanza tenía problemas de autoestima. Esa chica era llamativa, delgada, rubia —a la fuerza—, con un cuerpo armónico, pero sin esa chispa de alegría que tenía Cony. En su mente, tenía dos opciones y no sabía cuál escoger, porque no estaba seguro de que a Constanza le gustaran. Podría fingir que era su novio, y besarla, o decirle unas cuantas verdades a esa «lengua suelta» de Natasha.

Capítulo 7: «Enamorarme»

Alonso estaba seguro que lo que haría le traería más de un problema, sin embargo, su premisa de siempre era «más vale pedir perdón que pedir permiso», por esto, se acercó a su compañera de trabajo y la besó. No fue un beso delicado, sino más bien, uno demandante. Constanza no supo cómo reaccionar, por primera vez en su vida estaba sin palabras. Solo se dejó llevar por ese beso sin siquiera pensar en que su hermana estaba frente a ellos con el hombre que habría sido su marido.

—Perdón lo efusivo, amor, pero sabes que contigo no me puedo controlar —dijo Alonso apenas la soltó—. ¿No me vas a presentar a la señorita?

Constanza se demoró un segundo en responder, su cabeza era un lío y sus labios aún guardaban el recuerdo de ese beso.

—Sí, cariño —intentó mantener la calma y por sobre todo las apariencias—. Ella es mi hermana Natasha.

—Media hermana —recalcó la aludida.

—Sí, media hermana —respondió Constanza—. ¿Qué haces por estos lados?

—Vinimos a comer con Jorge, mi novio —habló con su voz más calmada—. Ya que no lo presentaste, lo hago yo.

—Ah, verdad… No lo vi. —Constanza miró a su ex y luego a Alonso. Sin duda, su falso novio era mucho mejor.

—Soy Alonso, el pololo de Cony.

—Un gusto Alonso. —Natasha lo observó de pies a cabeza, ella como amante de la moda y el dinero, se percató que este hombre era de los que tenían mucho dinero, solo bastaba verle la ropa que llevaba puesta, un traje a medida, un Rolex en su mano izquierda, unos lentes de sol Wayfarer, si había algo que tenía ese tipo era dinero.

—Me encantaría quedarme con ustedes, pero con Cony tenemos muchas cosas que hacer —comentó el aludido.

—Si… —dijo Constanza—. Nos quedan muchos pendientes.

—Jorge, cariño —mencionó Natasha—. ¿Puedes adelantarte mientras me despido?

El mencionado solo caminó sin decir nada, molesto por la actitud de Natasha, aunque estaba acostumbrado a sus berrinches y a sus comportamientos infantiles. Esta vez estaba seguro de que ella se había encandilado con el novio de su hermana y que nuevamente intentaría hacer lo mismo que hizo con él. Natasha lo sedujo y él estúpidamente cayó en sus garras. Ahora iba por el nuevo pololo de su hermana, además, tenía a su favor que era de dinero, eso a ella le encantaba.

—Adiós Constanza —dijo secamente para luego acercarse a Alonso—. ¿estás seguro que no estas con la hermana equivocada?, ella es inteligente, sí, pero aburrida como una ostra.

Alonso no se contuvo, apenas llevaba minutos conociéndola y ya le caía muy mal.

—Estoy seguro que estoy con la correcta, de solo verlas se sabe —comentó con rabia—. Además, las ostras no son aburridas, son increíblemente buenas al paladar, como un buen vino, ese que no está al alcance de cualquiera, no como otros, que son simples, aunque aparenten lo contrario.

Con su último comentario la miró directamente a los ojos y vio en ellos la rabia contenida. Alonso sabía que no le diría nada, porque él no se quedaría callado y porque ella estaba segura que podría conquistarlo. Lo que Natasha no sabía era que Alonso estaba harto de las mujeres como ella.

—¿No tenías que irte? —Cony sacó la voz con mucha más seguridad al ver que la chica no decía nada.

Ella caminó enojada, roja de rabia y de vergüenza. Siempre sus peleas con Cony terminaban con ella como triunfadora, porque su hermana no decía nada, se quedaba en silencio y dejaba que ella dijera lo que se le ocurría. Ahora estaba más segura, solo porque estaba acompañada.

Alonso tomó la silla y se sentó, Constanza no decía nada, de repente, las palabras no le salían.

—Perdón por entrometerme, no quise hacerlo —mencionó preocupado al verla, por sobre todo al darse cuenta que no decía nada—. ¿Te quedaste muda?

—Para tu mala suerte eso no pasó, no me quedé muda, solo no sé qué decir. No me gusta que tomen decisiones por mí, pero ya viste a mi hermana.

Alonso no supo que decir, de repente, las inseguridades de Constanza aparecían y eso no le gustaba tanto, prefería a esa chica inteligente y competente, segura de sí misma que demostraba en la oficina.

—Vamos, mejor volvamos al trabajo —habló no queriendo ahondar más en la situación.

Alonso pagó la cuenta y dejó una generosa propina. Salieron lentamente y volvieron a la oficina en silencio. Constanza quería hablar, pero las palabras apenas le salían. Al llegar a su lugar de trabajo, la chica se armó de valor y comenzó a hablar.

—Mi mamá se murió cuando yo tenía quince años, mi papá nos había dejado abandonadas hace unos diez años. Se fue a vivir con la mamá de Natasha y Emilia, mi otra hermana, no supe de él hasta que lo contactaron del juzgado para decirle que estaba sola. Me llevó a su casa y comencé a vivir con ellos. Nunca me llevé bien con la esposa de mi padre, ni con sus hijas. Apenas pude, salí de ahí.

Alonso no podía decir nada, la vida de su compañera había sido difícil, sin embargo, no se dejaba derrotar.

—Cony —Se acercó a ella y le tomó la cara con ambas manos—. No solo eres una mujer linda e inteligente, además eres muy valiente.

—No empieces con eso Alonso, no soy bonita, con suerte inteligente y si, valiente si lo soy.

—Algún día te convencerás de lo linda que te ves a través de mis ojos. ¿Sabes?, creo que podría enamorarme de ti muy fácilmente.

—Alonso…

—No digas nada…

—No habría futuro para nosotros, somos muy distintos.

—No somos tan distintos. Ambos somos ingenieros, con un master en negocios y nos gusta el trabajo que hacemos.

—Tú eres un heredero, yo una “patipelada”, hasta hace apenas unos días no tenía ni siquiera para comprarme un café.

—Para mí, eso no es problema. Por ahí dicen que el dinero no hace la felicidad y es cierto. —Alonso se puso serio—. No fue hasta que llegué acá que entendí cuál era mi lugar… No fue hasta que te conocí que me di cuenta que estuve equivocado toda mi vida, Cony, fui un estúpido e irresponsable. Pude matar a alguien si no es por tu intervención.

—No digas eso, no es tan así.

—Sí, así fue… me salvaste de mí mismo y por eso me da rabia que no te valores.

—¡Yo si me valoro! Pero no al nivel que tú dices, para mí la belleza física no es importante.

—Pero igual te sientes inferior a tu hermana… y ella podrá ser todo lo linda que dicen, pero está vacía, no tiene otro valor, su única virtud es ir de bella por la vida.

—No me psicoanalices por favor…

—No te estoy analizando, digo lo que veo…

Alonso decidió no decir nada más, no eran tan cercanos aun para que él le dijera esas cosas, necesitaba que se conocieran más.

Constanza se sumió en su escritorio revisando papeles que ya había visto en más de una ocasión, no quería demostrar que las palabras de Alonso le habían afectado. Necesitaba hablar con Paloma. Urgente.

Felipe golpeó la puerta de la oficina de ambos y su hermano le fue a abrir, se acercó a Cony y le comentó que estaba lista la incorporación de su amiga como la secretaria de ambos. ¡Por fin una buena noticia! La chica terminó de arreglar los papeles que estaban en su escritorio, envió unos correos electrónicos y luego cerró todas las aplicaciones abiertas en la pantalla del computador, cerró todo y salió apresurada, le envió un mensaje a su amiga y se fue a la casa de ella, ansiosa…

Alonso se distrajo mirando las noticias en la pantalla de televisión que tenían en la oficina, no querría irse tan rápido, a él nadie lo esperaba, por lo que, no tenía prisa por salir de ahí. Vio que Cony olvidó sus llaves encima del escritorio y pensó en ir a dejárselas. Aún recordaba cómo llegar al departamento de ella, sin embargo, recordó que iba a estar con su amiga. Las guardó en su bolsillo esperando que algo se le ocurriera.

Felipe pasó por la oficina de su hermano y escuchó ruido, entró sin pedir permiso y ahí vio a su hermano mayor frente al escritorio de su compañera mirando en silencio. Al parecer, el mayor de los Colleman Verdugo comenzaba a sentir algo por la chica nueva. No se quedó con la duda, así que le preguntó directamente.

—¿Te gusta Constanza?

Alonso tenía dos alternativas: decir la verdad, aunque no tuviera nada muy claro o hablar con rodeos.

Capítulo 8: «¿Qué me pasa contigo?»

Alonso se debatía entre la obligación moral de ser sincero con su hermano y la necesidad de protegerse, no solo a él, también a Constanza. Apenas él vislumbraba sus sentimientos, sin embargo, no quería vivir en mentiras. Veía como su hermano hacía de esto una forma habitual de existencia, ya que, Felipe Colleman vivía su propio teatro personal, toda su vida era prácticamente una farsa. Su matrimonio se sostenía por las apariencias, y eso era conocido por la familia, no obstante, para el menor de los Colleman Verdugo, era más fácil fingir una vida familiar feliz, que aceptar su fracaso.

—Me gusta esa mujer, es divertida, inteligente y bella, no estoy enamorado… Aún, pero ¿quién sabe?

—No me esperaba esa respuesta. Me sorprendes, Alonso. —Felipe miraba a su hermano admirado, no esperó esa dosis de sinceridad y ahí estaba, como siempre, Alonso nunca iba por el camino que cualquiera pensaría.

—No quiero mentir, estoy cansado de eso. La vida es muy corta para vivir engañándose. —Felipe tomó eso como algo personal.

—Todos no son como tú, que vive su vida sin pensar en los demás o si sus acciones pueden afectar al resto —comentó molesto.

—Toda la vida me castigarás por no ser el hijo perfecto, ¿no? Porque tú tuviste que ser el responsable mientras yo vivía “la vida loca”.

—Alonso, no es así…

—No era tu deber, tú asumiste solo esa responsabilidad.

—¡Alguien tenía que hacerlo! La empresa no se podía manejar sola y el papá necesitaba ayuda. Ayuda que tú no le diste.

—Tampoco era mi deber… La empresa es del papá. ¿Sacrificaste tus sueños por él?, ¿por la empresa?

—Me gusta mi trabajo, pero me hubiese gustado tener la opción de elegir —mencionó Felipe, rendido. Su hermano tenía razón en algo, nadie lo obligó a tomar la decisión de hacerse cargo de la empresa. Fue su necesidad de ser el favorito de su padre, quien siempre tuvo los ojos puestos en Alonso, lo que lo llevó a tomar el lugar de su hermano mayor en la empresa.

A sus 40 años, Felipe Colleman Verdugo era un hombre mesurado. Estaba casado con Gabriela y tenía 4 hijos, tres niñas y un niño. Eran la familia perfecta… Según los demás. Por dentro, Felipe esperaba que sus hijos crecieran para dejar de fingir y pensaba que a Gabriela le pasaba lo mismo. Alonso miró a su hermano y no dijo nada más, entendía su resentimiento, aunque también tenía claro que no era toda la responsabilidad suya.

Se acercó al escritorio de Constanza y tomó las llaves en sus manos, de repente sonrió y Felipe no entendió por qué.

—¡Vamos! Acompáñame —gritó mientras salía de la oficina.

—¿Dónde vas? —preguntó con curiosidad.

—Primero a tu oficina. Necesito ver la dirección de la amiga de Constanza que contrataste. Luego me acompañas a la casa de esa chica.

—¿Estás loco?

—Creo que sí, pero ¡vamos!, despéinate un poco, no seas tan recto en tu vida… Solo iremos a dejar unas llaves.

Felipe movió la cabeza de un lado a otro, sin embargo, siguió a su hermano, aunque no del todo convencido.

Entraron a la oficina y Alonso buscó en el escritorio el currículum de Paloma, miró la dirección y tomó un post-it y apuntó la dirección de la amiga de Constanza.

—¡Vamos en tu auto! ¡apúrate! —comentó Alonso.

Felipe estaba nervioso, nunca antes había hecho algo tan loco… Ir a un lugar que no conoces, era lo más parecido a dos adolescentes yendo a Fantasilandia.

Siguió a su hermano y reía como en sus mejores tiempos juveniles.

Alonso le entregó el papel con la dirección apenas llegaron al estacionamiento, Felipe desactivó la alarma con el mando a distancia y abrió la puerta del auto, su hermano se subió por el lado del copiloto y Felipe ingresó la dirección al GPS del vehículo. Emprendieron rumbo a la casa de Paloma sin saber con lo que se encontrarían y eso les dio una enorme alegría.

Constanza estaba algo ansiosa, no podía hablar mucho con Paloma porque los hijos de su amiga no dejaban de hacerle preguntas y siempre la invitaban a ver los dibujos animados que ellos veían. En esta ocasión, era Gravity Falls, las ocurrencias de Mabel y su hermano Dipper, lo que los mantenía entretenidos.

Solo el sonido del timbre los sacó de sus pensamientos, la pequeña Antonia fue a abrir, a pesar de los reclamos de su madre para que no lo hiciera.

—Hay unos príncipes afuera… —habló con seguridad la pequeña.

—Anto, ya sabes que los príncipes no existen, solo en las películas de Barbie.

—Constanza le habló a la pequeña mientras se acercaba a la puerta.

—No creo que seamos un par de príncipes —habló Alonso—. Pero gracias por el cumplido.

—Tía ¿Qué es un cumplido? —preguntó la niña.

—Un cumplido es decir cosas lindas de las personas —explicó Constanza, aún sorprendida al ver a su jefe y a su compañero de trabajo frente a ella.

Paloma salió de la cocina secándose las manos en su delantal, estaba vestida con un pantalón deportivo ancho y una polera con dibujos de mariposas. Además de tener el cabello tomado en un moño desordenado, lo típico de cualquier chica en su casa.

—Don Felipe… ¿Alonso? —mencionó sorprendida—. ¿Qué hacen por estos lados?

—Vine a devolver esto. —Alonso tomó las llaves en sus manos y miró a Constanza.

—¡Mis llaves! —habló con algarabía—. Nunca supe que las perdí. Gracias por traérmelas, Alonso.

Felipe carraspeó un poco y observó a Paloma que miraba a su amiga, ambos eran cómplices silenciosos de lo que estaba naciendo entre ellos.

—Felipe… Gracias también —mencionó la chica.

—¡Quién sabe en qué estás pensando que dejaste las llaves botadas, si según tú, nunca se te olvida nada! —exclamó Paloma.

Antonia y Cristóbal miraban sin entender nada, la pequeña se acercó a su hermano y le habló al oído.

—¡Viste que es un príncipe! La tía Cony está igual que la Barbie en las películas.

—Shhh —dijo Cristóbal—. Ese es el nuevo jefe de la mamá, ¡por favor no nos hagas pasar vergüenzas, Antonia!

—¡Siempre arruinas la diversión! —exclamó la chica y se fue enojada, aunque volvió a los segundos solo para no perderse lo que pasaba.

Constanza recibió las llaves de su casa y no supo qué más hacer, Paloma interrumpió el momento que parecía ser incómodo.

—Pasen, no se queden afuera. Como dicen por ahí “la casa es chica, porque es del gobierno” … Ah, no, no era así. —Se dio media vuelta, luego de hablar se arrepintió.

Alonso se lanzó a reír y los demás lo siguieron, nadie se pudo contener. Ambos pasaron a la casa y Antonia se acercó a Alonso para hablarle.

—¿En serio no eres un príncipe?

—Si, en serio. No soy un príncipe. La chica lo miró decepcionada.

—Te dije —exclamó su hermano.

—Cristóbal, deja de molestar a tu hermana —habló Paloma.

Felipe sintió el sonido de su teléfono y contestó la llamada. Al colgar, su actitud había cambiado, ya no era ese risueño y aventurero que fue hasta unos minutos antes.

—Tenemos que irnos, surgió un problema en mi casa. —Estaba serio, casi enojado.

—Anda, yo me voy en un Uber después. —Alonso estaba entretenido, pero por, sobre todo, quería ver a Constanza fuera del trabajo, siendo ella misma, sin máscaras.

—Está bien. Te llamo mañana. —Se acercó a Paloma y se despidió de ella—. Gracias por recibirnos en tu casa y nos vemos el lunes.

Paloma se sonrojó, ese hombre estaba próximo a ella y era tan guapo que dolían los ojos al verlo, pero era solo una ilusión, como la vez que conoció por casualidad al actor Matías Assler y prometió nunca más lavar la chaqueta que llevaba ese día…

Alonso conversaba animadamente con Antonia acerca de Gravity Falls, ella le comentaba acerca de la serie y él se mostraba genuinamente interesado en las palabras de la chica. Paloma le hizo una señal a su amiga y se fueron a la cocina.

—¡Nunca me dijiste que era tan guapo! La Anto tiene razón, es un príncipe. Vino solo por ti y se tiene que aguantar toda la charla de mi querida hija… Es de la realeza. Está aquí por ti, las llaves solo fueron la excusa.

—No me digas nada… No sé qué decir.

—Tienes dos opciones. Invitarlo a tomar un café o decirle que se vaya. Si lo invitas, puede ser el comienzo de algo entre ustedes, si le pides que se vaya, no habrá vuelta atrás.

Capítulo 9: «Pálido»

Cony tomó la decisión de hacer caso a su corazón. Su conciencia era mejor consejera, sin embargo, no le dejaba mucho margen de acción. El miedo al fracaso la paralizaba y nunca la dejaba ir más allá, por esto, esta vez, omitió la voz en su cerebro que le decía que huyera de ese lugar. Quería ese café con Alonso, solo eso, por ahora.

Alonso charlaba animadamente con los hijos de Paloma, sobre todo con Antonia, que estaba fascinada con él.

—La Anto tiene el mismo gusto de la tía Cony parece —comentó Paloma casi en un susurro, solo para que su amiga la escuchara.

—¡No digas eso! No me gusta… bueno, no me gusta tanto —dijo Constanza algo nerviosa.

—Si no te gustara no estarías así de nerviosa por invitarle un simple café…

—¡Él me pone nerviosa! Me dice cosas…

—¿Qué te dice?

—Que soy bonita.

—Porque lo eres.

—¿Tú también estás con eso? Me aburren. Paloma, yo no soy bonita ni lo seré nunca.

—Vivir con esa estúpida de tu hermana te hecho a perder el cerebro, quedaste convencida de algo que no es así. —Paloma comenzaba a molestarse, desde que conocía a Cony, ella siempre se consideró fea—, además, Alonso ve algo en ti, no creo que mienta, con esa facha no necesita mentir para conseguir un polvo.

—¡Paloma! —gritó Cony causando que Alonso y los niños se dieran vuelta.

—Para que te voy a decir algo que no es cierto, aunque es más guapo el hermano, pero es muy extraño.

—Felipe es un poco más introvertido, puede que más tímido, pero ni lo mires, está casado con una mujer que parece sacada de las revistas de papel couché.

Mirar nunca ha sido pecado, sé cuáles son mis limitaciones, soy madre soltera de dos niños y pobre, o sea, ni una posibilidad. Para mí no hay príncipe ni cuentos de hadas.

—Qué más quisiera decirte que no es cierto, sin embargo, ese no es nuestro mundo. ¡No sé porque me das alas con Alonso!

—Lo de ustedes es distinto, ambos son libres…

Antonia llamó a su madre y a su tía con un solo grito. Alonso, que estaba a su lado, debió taparse los oídos.

—¡Ya va a empezar “Descendientes”! —exclamó de forma efusiva— Me prometieron que la verían conmigo.

—Yo la veré contigo Anto, pero la tía Cony se tiene que ir y debe llevarse al príncipe con ella.

—¿Por qué? —le preguntó mirándolo a la cara, con su rostro igual al del “gato con botas”.

—Porque es un poco tarde y vivo muy lejos —respondió él con infinita ternura. Se veía que había disfrutado de las locuras de Antonia y la conversación de Cristóbal. Se levantó del sillón que compartía con los niños, le extendió la mano al chico y él le devolvió el saludo efusivamente. Para despedirse de Antonia, se agachó hasta estar a la altura de ella y le dio un beso en la mejilla.

—Nos vemos princesa.

La niña sonrió y se fue al lado de su madre, ambas sonreían.

Cony se acercó a Alonso para, por fin, invitarlo a tomar el dichoso café.

—Te invito un café, en mi departamento —habló con voz temblorosa.

—Me encantaría —comentó él sin dejar de mirarla.

Ella solo se despidió de la familia de su amiga con un gesto con la mano, tomó su cartera y salió del lugar. Él la siguió.

Caminaron hacia afuera de la casa uno al lado del otro. Alonso sacó su celular para pedir un Uber, pero Cony tenía otra idea.

—Nos vamos en metro, así conocerás mi vida, lo que hago a diario. Te toca conocer el Chile que no conoces.

Alonso no dijo nada, pensó que ella tenía toda la razón, él no conocía ese Chile. Nunca usó el metro, para él el auto era su única forma de andar por las calles, por lo que, decidió hacerle caso.

Cony caminó apresurada y Alonso la siguió entusiasmado. Llegaron a la estación del metro y él se pudo dar cuenta de toda la gente que cada día transitaba por ese lugar.

Se quedó quieto mientras la gente caminaba por su lado sin fijarse, sin pararse a ver con quien chocaban, se sintió inquieto, al borde de una crisis de pánico.

—Alonso, ¿Te pasa algo? Estás pálido.

Él no respondía. Constanza pensó que quizá su idea no había sido tan buena, pensaba que le hacía falta una “dosis de realidad”, sin embargo, su compañero estaba pasmado. Le tomó la mano y Alonso se dejó guiar por ella.

Al pasar por el torniquete de entrada al andén, Cony sacó sus tarjetas BIP, esas que todos los chilenos usan para poder pagar el viaje, necesitaba la que tuviera mayor cantidad de dinero para poder pagar ambos pasajes. Ella puso la tarjeta en el validador y cuando este sonó, le dijo a Alonso que pasara, luego ella hizo lo mismo.

Al bajar al andén vieron que estaba lleno de gente.

—Todos los días a esta hora está así —comentó la chica anticipándose a la pregunta que de seguro Alonso quería hacerle—. Vamos a tener que esperar unos cuantos para poder subirnos.

Después de varios minutos, ellos ya estaban en la primera fila para poder subir. Al llegar el tren tuvieron que pasar por entre medio de la gente para poder subirse. Quedaron muy juntos, uno casi encima del otro.

—Veo que esta forma de viajar tiene sus ventajas —comentó mientras ella lo miraba y se reía.

—No juegues, esto no es divertido.

—No seas aburrida. Estoy casi pegado a ti, para mí esto es muy bueno. Aunque esto me traiga problemas después.

Ella no entendió sus palabras, Alonso le habló al oído y luego sonrió.

—Por causa de esto, creo que necesitaré una ducha de agua helada.

Luego de un viaje, para ambos agradable, salieron del metro y caminaron hacia el departamento de Constanza que estaba relativamente cerca del metro.

Subieron por el ascensor y ella recordó aquella primera ocasión en la que subió con un Alonso totalmente borracho, no como en esta ocasión, en la que él estaba muy lúcido, despierto y guapo… completamente bello a ojos de Constanza.

No se dio cuenta cuando el ascensor llegó al piso 13 que era donde estaba su departamento, solo el sonido de la puerta abriéndose la devolvió a la realidad.

Salió del ascensor y de manera rápida abrió la puerta y entró, dejó la llave de su casa en la mesa que estaba al lado de la puerta.

—Pasa… ven, te presento nuevamente mi humilde hogar.

—Tu casa es muy linda, como la dueña. Nada de pretenciosa pero hermosa, con pequeños detalles como unos cuadros con paisajes de playa.

—Se nota que te gusta el mar…

—Me fascina, es tan tranquilizador y a la vez lleno de vida.

—Es como el efecto que provocas en mí, siempre me tranquilizas y me llenas de vida. —se acercó a ella lentamente, no quería perder el tiempo, necesitaba decirle lo que le hacía sentir—. No quiero que te molestes, no he dicho nada que no sea la absoluta verdad. Estoy seguro que eres hermosa. No solo yo lo veo, también lo ve la gente. Solo falta que tú lo veas.

Al decir estas palabras le tocó la cara con ambas manos y se acercó lentamente, ella no decía nada, solo temblaba producto de los nervios. Al verla así, Alonso decidió no apresurarse.

Ella se apresuró en cambiar el tema.

—Vamos por ese café, a eso vinimos.

Constanza sacó dos tazones del mueble, puso la cafetera y esperó a que estuviera listo. Alonso se sentó en la mesa que estaba en la sala de estar y ella le extendió la taza con el humeante líquido.

Bebieron despacio, sin prisa, apenas hablaban, pero las miradas entre ellos lo decían todo, no había que ser adivino para darse cuenta que entre ellos había algo más que una simple atracción.

Alonso se levantó para dejar las tazas en el lavavajillas, ella se levantó y se acercó a él, no supo que fuerzas la impulsaron a acercarse y preguntarle lo mismo que leyó en un estado de Instagram:

—¿Cuánto tiempo te quedaras aquí? ¿preparo más café o mi vida?

Alonso se acercó nuevamente, sin miedo ahora, le dio un pequeño beso en los labios que prometía mucho, muchísimo más, tanto así, que ambos estaban ansiosos.

Podrían haber estado así por horas, solo que el timbre del departamento de Cony los sacó de su ensoñación.

Constanza abrió la puerta y vio a su padre junto con su madrastra en su puerta.

—Ya que has decidido dejar a tu familia de lado, nos vemos en la obligación de venir a buscarte —habló enojada la madrastra.

Constanza quería que la tierra de la tragara, no obstante, debía enfrentar la realidad, su padre miró a Alonso con cara de desconfiado.

—¿Usted no es el que coqueteó con mi hija Natasha? Porque la niña dijo que le había coqueteado descaradamente el supuesto novio de su hermana.

Constanza estaba enfurecida, de las emociones que aparecían en la película “Intensamente”. Ella, en ese preciso momento era furia.

Capítulo 10: «Deja la vida volar»

Alonso miró a Constanza y ella estaba resuelta a acabar con la raíz de todos sus males, de ese momento por lo menos. Ella estaba a punto de ser la protagonista de su propia versión de “Un día de furia”. Está a punto de convertirse en Michael Douglas y nadie la detendría, por lo menos, Alonso no pensaba hacerlo.

La mujer tomó aire y comenzó a hablar.

—Papá. ¿Podrías por una vez en tu vida pensar en mí? Tu hija ha demostrado con creces especializarse en hacerme la vida imposible ¿y tú sigues pensado que es una blanca paloma? ¡No te bastó con que ella se acostara con Jorge! ¡Ahora también quieres que se quede con Alonso!

—Constanza —habló Sergio, el progenitor —. La niña está arrepentida de haberse metido en tu relación…

—¿Niña? ¡Niña! —gritó—. ¡Abre los ojos papá! Hace rato que ella no es una niña.

—Es mi hija —respondió el padre poniéndose frente a ella, temeroso de lo que pudiera pasar, nunca había visto a su hija comportarse de esa manera.

—Te recuerdo algo, para tu mala suerte. ¡Yo también soy tu hija! ¡Esa que dejaste atrás como si nada, de la que te olvidaste por años hasta que un juzgado te obligó a hacerte cargo!

—No fue así Cony —habló el padre sorprendido e incómodo—. Siempre estuve pendiente de ustedes.

—¡No mientas! Te llamé cuando mi mamá se estaba muriendo y no fuiste capaz de ir a verme. —Constanza estaba con los ojos llenos de lágrimas, pero no quería dejarlas salir, su padre y menos su madrastra se merecían verla llorar—. Y luego has visto por años como me trata tu mujer y sus hijas y no dices nada. ¡Eres un cobarde!

—¡Constanza! —exclamó Mónica, la madrastra—. ¡No puedes tratar así a tu padre!

—¡Tú no te metas! Esta es mi casa y aquí las reglas las pongo yo. —Alonso seguía como mudo testigo, aunque a esas alturas estaba a punto de intervenir—. En este lugar no puedes humillarme y hacerme sentir menos como lo hiciste antes. ¿Saben qué? ¡Váyanse a la mierda! ¡Salgan de mi casa! No los quiero ver más aquí.

Alonso se acercó a ella y la abrazó por la espalda, no para detenerla, más bien para infundirle ánimos. Ella abrió la puerta de su departamento y Mónica tomó a su marido por el brazo y salió del lugar sin decir nada, sin embargo, su semblante delataba la furia que la embargaba.

—¿Qué se cree? ¡Te he dicho que no deberías ni siquiera hablarla! ¡Nos echó!

—Cállate, Mónica. Por una vez en tu vida ¡quédate en silencio!

—¡Sergio! No me trates así.

—Toda la vida intenté darte en el gusto, dejé a mi ex de lado, a mi hija y ¡nada te bastó!

—No me culpes a mí. —La mujer vociferaba mientras salían del edificio—. Tú, tomas tus propias decisiones.

—En eso tienes razón…

Constanza intentaba seguir controlando sus lágrimas, sin embargo, bastó que Alonso se pusiera frente a ella y la abrazara, para que ella se rindiera. Necesitaba sacar todo su dolor.

Después de un rato, Cony estaba agotada, tanto física como mentalmente. Alonso la tomó de la mano y la condujo a su habitación, no era difícil saber dónde estaba el cuarto, el departamento era pequeño y todas sus partes saltaban a la vista.

—Date una ducha y acuéstate, te voy a preparar un café para cuando salgas.

—Alonso. —Cony apenas tenía voz—. Perdón por el escándalo.

—No me pidas perdón, te doy las gracias por hacerme parte de tu vida. Sigo insistiendo, no solo eres bonita, también eres la mujer más valiente que conozco.

Alonso salió de la habitación antes que Cony le rebatiera algo, estaba acostumbrado a escuchar eso de “no soy bonita” y no deseaba oírlo. Esperaba sinceramente, que un día ella aceptara sus palabras y no las cuestionara.

Ella se metió a la ducha y se dio un baño rápido con agua caliente, como le gustaba. Alonso permaneció en la cocina mirando su teléfono hasta que ella apareció con su pijama de flores y el cabello envuelto en una toalla.

—El café está listo, aunque primero deberías secarte el cabello.

—Esa es la parte que más odio, secarse el pelo es un “cacho”

—A veces no entiendo lo que dices, perdón, pero sabes que hace años que no vivo en Chile.

Ella se sentó frente a él y le explicó lo que significaba la palabra, Alonso solo se reía con ella, le gustaba verla tranquila y más relajada.

Cony fue en busca del secador de pelo y lo conectó a la corriente para comenzar con el ritual más cercano a la tortura, Alonso se acercó para ayudarla le quitó el secador y comenzó el mismo a hacerlo. No era muy diestro en esas lides, ya que, el cabello de Cony se enredaba mucho, sin embargo, ella no dijo nada y agradeció el gesto.

Después de terminar con el secado, ella se desenredó el cabello, pensando en esos gestos que él le demostraba «creo que me enamoraría muy fácil de ti Alonso» pensó sin decir nada, por el miedo a que no funcionara, a ilusionarse, no quería sufrir. Aunque por un lado de la balanza estaba el miedo, y por el otro la ilusión, ambos sentimientos competían por ser el que se quedara anidado en el corazón de la chica.

—Te traje una taza de café y un sándwich, come, acuéstate y descansa.

—¿Qué vas a hacer?

—Tu sillón se ve cómodo, puedo dormir ahí. —Alonso miraba el sofá y veía que de ninguna manera era algo adecuado para su tamaño, sin embargo, no diría nada.

—¿Te quedarás? —preguntó inquieta, tenerlo tan cerca sería peligroso para su cada vez más frágil voluntad y su aún intranquilo corazón.

—Es muy tarde para irme, no traje mi auto y no creo que sea una buena idea salir a esta hora.

—Puedes quedarte, pero no creo que el sillón sea muy cómodo. —La chica estaba a punto de decir algo, pero se refrenaba… Su mente y su corazón daban una batalla, el ángel bueno vestido de blanco puro le sugería que lo dejara en el sillón; ya que, fue él quien lo propuso, mientras que el ángel malo vestido de rojo furioso le sugería meterlo en su cama y otras cosas más que provocaban sensaciones difíciles de olvidar.

—Duerme aquí, en mi cama, conmigo —dijo mientras el ángel malo celebraba en su cabeza y ella se recriminaba a sí misma.

—¿Estás segura? —preguntó nervioso, no estaba seguro de poder controlar sus impulsos cada vez más fuertes hacia ella si la tenía tan cerca.

Constanza no podía dar pie atrás, por lo que asintió.

Alonso comenzó a desabrocharse la camisa y Cony supo que estaba perdida, le gustaba ese hombre, mucho… se imaginaba noches de pasión bajo sus brazos solo al verlo sin camisa «¡Gobiérnate!» Pensó para sí misma. Alonso se sacó los pantalones y los calcetines, quedando solo con ropa interior. Dobló toda su ropa y la dejó a los pies de la cama.

«Estoy perdida, adiós autocontrol»

—¿Siempre eres tan ordenado cuando te sacas la ropa? —Cony intentaba hablar para no pensar en ese hombre casi desnudo tan cerca de ella y los estragos que causaba en su cuerpo, ya que, no parecía que fuera invierno, por lo menos en esa habitación.

—No siempre, también me gusta sacarme la ropa y no preocuparme por donde caiga, ni si se rompe o no. Solo soy ordenado cuando debo serlo, también puedo ser salvaje. —La mujer no pudo decir nada, simplemente lo miró y debió cerrar la boca y tragar en seco, estaba muy nerviosa y Alonso notó eso. —No te preocupes, no te haré nada, no porque no lo desee, sino porque no quiero hacer nada que no quieras, algún día compartiremos esta cama en otras circunstancias más divertidas.

—No es eso…

—Cony, nos conocemos desde hace poco y sé que por mis antecedentes no te doy confianza, pero déjame hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Seducirte. Constanza Javiera Rivera Pérez, déjate querer. Permíteme entrar en tu vida antes que en tu cuerpo. Te quiero y te deseo, pero también quiero que tu sientas lo mismo por mí, que estés segura. Envuélvete en mi cariño.

—Esa frase se la robaste a Víctor Jara…—habló ella para distender el ambiente.

—Puede ser, no soy muy original, no tengo mucha experiencia en esto de las frases lindas.

Alonso se acercó a ella en la cama y selló sus palabras con un tierno beso en los labios. Tomó el control remoto y puso una película, de a poco Cony se acercó a él hasta que Alonso la abrazó y ella no se resistió. Apenas abría los ojos; el día laboral, la pelea con su padre y todo lo que Alonso le decía le pasaban la cuenta y no supo cómo se durmió en brazos de ese hombre que estaba dispuesto a esperar por ella, aunque la que no quería esperar era ella.

Despertaron casi al mismo tiempo, al ser sábado ninguno de los dos trabajaba por lo que, no se preocuparon por la hora. Alonso se levantó y puso a hervir la cafetera, abrió el refrigerador y vio que no había mucho para comer. Se conformaría con el café por el momento.

Cony hizo una jugada arriesgada, se sacó su pijama de flores, quedó solo con la ropa interior y se puso la camisa de Alonso, no lo resistió… deseaba provocarlo.

Alonso la vio caminar despreocupada, con su camisa y algo en él le dijo que esta era su oportunidad. Se acercó sin decir nada, le tomó la mano y la tiró hacia él. La apoyó en la pared y comenzó a besarla de manera demandante, felino, necesitado. El ángel malo en la cabeza de Cony seguía celebrando.

Ella respondió a ese beso con la misma necesidad, deseaba a ese hombre y el sentirse deseada era para ella el mejor afrodisíaco.

Capítulo 11: “Fuego, fuego… Fire, fire”

Alonso se despertó al sentir el sonido del teléfono de Cony. No había sido mucho lo que había dormido, pero no le importaba en lo más mínimo, menos al verla ahí en sus brazos, aún dormida, sin nada de ropa abrazada a él.

Dudó en contestar el teléfono, pero no quería despertar a la mujer a su lado, por lo que, tomó el aparato y habló con voz baja.

—¿Hola?

—¿Alonso? —preguntó del otro lado del móvil Paloma—. ¿Qué haces contestando el teléfono de Cony? ¡Ah! Dime que es lo que yo creo…

Paloma no dejaba de hablar emocionada, solo de pensar en que su amiga por fin había dejado que pasara lo que tanto deseaba.

—No sé qué es lo que piensas, pero lo imagino…

—¿Estoy en lo cierto?

—No quisiera ser yo quien te contara algo tan íntimo. —Alonso pensaba en que Cony lo mataría si él hablara antes que ella, aunque todo fuera tan evidente—. ¿Te puedo ayudar en algo?

—Uf… llamaba a Cony para que se quedara con Antonia, porque tengo que partir con Cristóbal al hospital. Puede ser que tenga apendicitis.

—No te preocupes, yo le aviso a Cony.

—No, déjala dormir.

—¿Estás loca? Tú la conoces, si no le digo nos mata a los dos, no le gustan los secretos a esta chica.

—Tienes razón… dile que me llame apenas pueda.

Paloma cortó la llamada y Alonso se preparó para despertar a Cony como a una princesa de cuentos de hadas, con un beso.

De a poco se fue acercando más a ella, podía escuchar su respiración tranquila, suave. No le gustaba la idea de despertarla porque a sus ojos se veía hermosa. Deseaba que Cony se viera a sí misma como la veía él, así dejaría de pensar en que no es bonita y se dedicaría a amarse tanto como lo que producía en él.

Comenzó a darle pequeños besos en la frente, en las mejillas, hasta que llegó a su boca y fue muy suave, hasta que ella despertó y él no dijo nada, quería dejarse sorprender por esa mujer que ya lo había dejado un poco loco.

Cony despertó pensando que todo lo ocurrido había sido un sueño, uno erótico y caliente, pero sueño al fin, como tantos otros que había tenido con Alonso. Hasta que despertó y sintió sus besos. Todo había sido cierto.

Después que ella se pusiera su camisa, solo con el fin de ver qué provocaba en él, se dio cuenta que su ángel malo la dominaba mucho más allá de lo que ella habría llegado a pensar. Alonso la vio y no resistió la tentación de besarla, y no de forma tierna como antes, sino que algo más desatado, descontrolado. La tomó por la cintura y la arrinconó contra la pared, Cony no dijo nada, temía estropear el momento con algún comentario. Alonso no dejaba de besarla, y ella pensaba en la discusión entre su ángel bueno y el malo, que peleaban por ver quien controlaría la situación. El ángel bueno renunció a su labor, estaba seguro que Constanza necesitaba esa dosis de maldad que no podría darle, así que dejó a su compañero a cargo de la situación. Cony pensaba en que la única cuota de cordura en su cerebro estaba renunciando.

Alonso siguió besándola sin darle tregua, tomó las manos de la chica y las puso sobre su cabeza para que no pudiera detenerlo. Abrió su camisa, la camisa de Alonso que ella llevaba, y le dio una mirada felina. En sus ojos Cony podía ver el deseo que le estaba mostrando y esa sensación le encantaba. Ella, que no se consideraba ninguna belleza, tenía a sus pies un hombre excesivamente guapo como Alonso Colleman.

Sin dejar de mirarla, le sacó la camisa y la dejó caer. Ella temblaba, no solo de nervios, sino por la excitación que le provocaba ese hombre, quería que la desnudara rápido, y que le demostrara esa pasión que se veía en sus ojos.

—Aún estas a tiempo de arrepentirte, Cony. —No quería que eso pasara, pero deseaba que fuera ella quien decidiera.

Cony, dominada solo por el ángel malo en su cerebro, se quitó la ropa interior y la dejó caer, con esto evidenciaba sus deseos, Alonso lo entendió así y se acercó aún más a ella.

—No quiero que te reprimas y si quieres algo solo tienes que pedirlo…

—Te quiero a ti. —Alonso le habló al oído provocando en ella corrientes eléctricas que viajaban desde su cerebro hasta la parte más íntima de su cuerpo—. Me tendrás… soy totalmente tuyo.

Ella lo besó. Esta vez quería hacer evidente lo que deseaba, así que le desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Alonso se quitó la ropa interior y tomó a Constanza de la mano. La condujo hacia la cama, la pared no se veía muy cómoda, menos para ser la primera vez que estaban juntos.

Alonso la observaba mientras caminaba. Observando su cuerpo pudo apreciar en su cadera, al lado derecho, un pequeño tatuaje con una flor y una fecha.

—Estoy descubriendo todos tus secretos. Tienes un tatuaje en un lugar muy sexy.

Ella sonrió nerviosa, Alonso entendía esos nervios porque él se sentía igual, no quería cometer errores, quería que el momento fuera perfecto; mientras que, Constanza aún no podía creer lo que estaba a punto de pasar.

Alonso la recostó en la cama y después se ubicó a su lado. La besó hasta que ella se dejó llevar por aquella necesidad que solo él despertaba. Lentamente se alejó de sus labios para besar otras partes del cuerpo. Bajó por los pechos de Cony, provocando sus gemidos, mientras ella pensaba que en cualquier momento estallaría en miles de pequeños pedacitos por las corrientes eléctricas que recorrían su cuerpo. Alonso se dio cuenta de esto y se alejó de ella solo por un momento, necesitaba con urgencia sacar un preservativo de su billetera y le rogaba al dios en el que apenas creía, que este estuviera en condiciones de ser usado. Ella no merecía menos, debía cuidarla.

Cony se quedó con los ojos cerrados, imaginando lo que estaba pasando y pensando en lo que vendría.

Alonso se puso el preservativo y se acercó nuevamente a ella y la besó. Sin mediar más palabras, porque ambos estaban deseosos, Alonso entró en ella de manera lenta. Cony sentía que la torturaba, necesitaba más, mucho más. Abrió los ojos y solo con mirarla Alonso pudo sentir lo que ella deseaba y lo hizo, comenzó a moverse más rápido…

—No dejes de mirarme, quiero que cuando llegues al orgasmo estés viendo lo que provocas en mí.  —Alonso seguía moviéndose y Constanza sentía ganas de gritar, incluso de llorar, esa sensación de placer era algo bastante desconocido para ella.

A Alonso le encantaba escucharla cuando gemía o le hablaba al oído, le gustaba que le dijera que quería más y él como todo un caballero, la complacía, hasta que la sintió temblar y se dio cuenta que llegaba al orgasmo, solo se dejó llevar para estar a la altura de ella, no pasó mucho cuando él también cayó víctima del placer de aquel momento.

Ninguno de los dos dijo nada en ese momento, se dedicaron a besarse mientras intentaban recuperar el aire que les faltaba. Cony estaba feliz, Alonso lo estaba aún más.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida Constanza Rivera…

Cony volvió a la realidad mientras Alonso le hablaba contándole que Paloma había llamado y que la necesitaba. La chica tomó su teléfono y llamó a su amiga, Paloma le contestó y se contuvo de preguntar nada, ya la tendría enfrente, por ahora lo único que le preocupaba era su hijo.

—¿Qué pasó con Cristóbal?

—Aún no me dicen nada, estoy en Urgencias —respondió Paloma con su voz entrecortada.

—¿Estás haciendo vida social? —Cony siempre sacaba el humor para todas las situaciones de su vida.

—Claro, mira que estaba aburrida en mi casa mientras mi amiga hacia quien sabe qué cosas.

Cony decidió no contestar, no era el momento, pero se sonrojaba al pensar en que su amiga ya sabía todo.

—Voy para allá, así me traigo a la Anto y puedes estar más tranquila.

—No quiero molestarte —comentó Paloma, sabiendo que su amiga estaba con Alonso.

—No me hagas enojar.

Paloma sonrió, sabía que ella diría exactamente eso.

Cony se fue a la ducha y salió de ahí vestida, no quería caer en la tentación de Alonso nuevamente, su amiga la necesitaba.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó esperando que la respuesta fuera afirmativa.

—¿En serio? Me encantaría. Así me ayudas con la princesa Antonia.

Alonso se levantó de la cama y buscó su ropa distribuida por varias partes del departamento.

—Te dije que no siempre soy ordenado con la ropa…

—Lo acabo de comprobar —habló Cony con un poco de nervios.

Alonso se sentía muy bien en esa situación, sin embargo, Cony estaba un poco insegura, no sabía lo que vendría después, mientras que Alonso solo quería despejar sus dudas…

Capítulo 12: «No hables de mí»

Alonso miró a Cony con ternura. Le encantaba esa mujer y al parecer, las cosas se darían bien entre ellos. No estaba seguro de nada, solo que esa mujer le encantaba.

Cony, un tanto distraída al pensar en los acontecimientos ocurridos en esa misma habitación momentos antes, no se dio cuenta cuando Alonso se puso frente a ella y la besó.

—No puedo pensar en una forma mejor de hacerte volver a la tierra que esta —comentó él mientras ella sonreía, no le parecía mal esa forma de llamar su atención—. ¿En qué piensas?

—¿Qué va a pasar con nosotros?

—Vamos a besarnos mucho, hacer el amor, comer rico y seguir así por los siglos de los siglos —bromeó él, aunque la idea le parecía seductora.

—No es eso, pero trabajamos juntos, en la empresa de tu familia.

—Eso no es un problema, para mí es mejor. Te veo todos los días y puedo llevarte a algún lugar escondido…

—¡Ni se te ocurra! Odio esas historias en las que las oficinas se transforman en moteles, no va conmigo.

—Bueno —habló haciendo un puchero—. Nada de sexo en la oficina…

Se apresuraron a ir donde Paloma que los necesitaba. Ya en el hospital, Constanza fue con Paloma en busca de un doctor que le diera noticias de Cristóbal; mientras que, Alonso las seguía de cerca con Antonia de la mano. No quería alejarse de ellas, primero, porque esperaba saber de la salud del chico y, en segundo lugar, porque no quería quedarse solo con la pequeña Antonia, le daba un poco de miedo lo que fuera a decirle.

Las noticias fueron positivas, Cristóbal fue operado y se encontraba bien, Paloma respiró aliviada y los demás también.

Antonia saltó a los brazos de su mamá, también aliviada por saber de su hermano. A pesar de sus peleas, tan típicas entre hermanos, ella lo amaba.

Paloma se quedaría en el hospital esa noche y Antonia se quedaría con Cony.

Alonso las acompañó a su casa en un Uber, se bajó del auto y se despidió de Cony con un efusivo beso.

—Yo también quiero un beso de despedida, príncipe. —La niña se reía mientras observaba a ambos.

—Señorita, es usted una fresca —dijo Cony con una sonrisa.

Alonso le dio un sonoro beso en la mejilla y la pequeña le respondió del mismo modo.

Cony y la niña caminaron de la mano hacia la entrada de su edificio, Alonso se quedó en la vereda esperando a verlas entrar. Cada cierta cantidad de pasos, Cony se daba vuelta y él le sonreía.

—No seas una descarada, Antonia… Alonso es mi pololo. Cuando tengas 18, o mejor unos 20 años podrás tener el tuyo.

—¡Veinte! ¡Pero voy a ser vieja a esa edad! Yo quiero un pololo igual de lindo que el príncipe.

—¡Deja al príncipe tranquilo! ¡es mi pololo!

—Está bien, solo porque se ve que él está… ¿Cómo se dice?, ¿enamorado?

—¿En serio lo crees? —preguntó Cony recriminándose por estar esperando que una niña de 7 años le diera seguridad.

—¡Si poh’, tía! ¿No ves que yo he visto todas las películas de Barbie? Y siempre el príncipe la mira igualito que él a ti.

Entraron al departamento de Cony y la pequeña se lanzó a la cama. Constanza cocinó algo para ella y la acompañó a ver sus películas favoritas… tocaba maratón de Barbie.

Alonso llegó a su casa. Abrió la puerta y lanzó las llaves encima de la mesa, la luz estaba encendida y no recordaba haberla dejado así. Caminó con precaución hacia la sala y vio a su padre y a Felipe bebiendo whisky.

—¿Qué hacen aquí?

—Supuse que hoy llegarías. —el hombre mayor fue quien tomó la palabra—. Te estaba esperando.

—Ya estoy aquí —comentó Alonso molesto, que su padre y hermano estuvieran en su casa no auguraba nada bueno.

—Te traje para que por fin ocuparas el puesto que te corresponde en la empresa —vociferó el progenitor—. No para que seduzcas a las empleadas.

—Veo que ya te fueron con el chisme. —Alonso miró a su hermano recriminándolo, no entendía porque su hermano siempre quería congraciarse con su padre, ser el hijo perfecto—. Felipe, no era necesario que abrieras la boca solo para quedar bien con él, nunca lo lograrás.

—¿En qué estás pensando? ¿Crees que te lo voy a permitir? —espetó el padre.

—No hables de mí. Tú no me permites nada, tengo más de 40 años, no me vas a asustar con quitarme tu dinero, no le tengo miedo a eso.

—A ti no te da miedo, pero ¿a ella? Crees que le guste perder su trabajo por tu culpa.

—¿Así que estás con eso?, ¿crees que me atemorizas, papá? No te temí antes, menos ahora. —Alonso se sirvió un trago, necesitaba de toda su inteligencia para dar vuelta la situación, no permitiría que dañaran a Cony, aunque tuviera que manipular.

—Piénsalo, puedo hacer que a ella se le abran las puertas del mundo, pero también puedo cerrárselas.

—No harás nada, es más, vas a aumentarle el sueldo a ella y a su amiga.

—¡No me hagas reír! ¿Por qué lo haría?

—Porque todos tus secretos pueden salir a la luz y eso, querido padre —habló con ironía—, no es algo que te convenga.

El rostro del patriarca se desencajó, nunca pensó que su hijo fuera a amenazarlo de esa manera, no podía explicárselo.

—No harás eso ¡se acabaría todo, la familia, la empresa! —gritó sin controlarse.

—Todo depende de ti, ya sabes lo que tienes que hacer.

—Alonso —Felipe sacó la voz—. No puedes hacer eso.

—Puedo y lo haré si me obligan. Felipe, a mí no me van a dominar con amenazas, no tengo miedo de empezar de nuevo, no me dejaré dominar por mi padre.

Felipe y su padre salieron de la casa de Alonso, el mayor de ellos casi echaba humo de la rabia.

Con el transcurso de las semanas, las cosas cambiaron en la empresa, Felipe y su hermano no se hablaban y Cony notaba la tensión creciente en la oficina. Paloma, por su parte, veía como Felipe se volvía sombrío, enojado e incluso lo notaba triste. Ella no decía nada, no se sentía cómoda emitiendo una opinión, era solo la secretaria de los hermanos Colleman, sabía que esa era su función y la cumplía a cabalidad.

Paloma recibió un llamado telefónico que la sorprendió. Buscaban a Felipe desde el colegio de sus hijas; puesto que, María Ignacia, la menor de ellas, presentaba un cuadro febril y no podían ubicar a su madre. Por esto, se arriesgó a golpear la puerta de la oficina de Felipe, él desde dentro vociferó que estaba ocupado; sin embargo, ella entró de igual manera, esto era importante.

—¡¿No dije que estoy ocupado?! —gritó mientras lanzaba un vaso de whisky contra la pared. Paloma se asustó de verlo borracho y por las piezas de vidrio que cayeron cerca de ella. Felipe se dio cuenta de lo que había provocado y no supo que responder.

—No vine aquí por usted —habló Paloma intentando controlar sus nervios, la voz le temblaba, su cuerpo estaba rígido—. Llamaron del colegio de María Ignacia, está con fiebre y no ubican a nadie para que vaya a buscarla.

Alonso entró a la oficina al escuchar el ruido del vaso al estrellarse. Vio a su hermano destrozado, borracho, sin siquiera poder ponerse de pie. Paloma le contó lo sucedido y Alonso llamó a Cony para que lo acompañara al colegio de su sobrina.

—Paloma, sé que no debería pedirte esto, pero ¿puedes prepararle un café muy fuerte a Felipe? Su hija no puede verlo en ese estado.

Paloma fue a preparar el café, se lo llevó y se acercó a él para que lo bebiera, en un principio no le hacía caso, pero ella insistió. Lo ayudó a pararse y a llegar al baño para lavarse la cara. Lo acompaño a sentarse de nuevo, escondió la botella de alcohol y salió de la oficina, cerró la puerta y se apoyó en ella. Pensaba en el dicho «el dinero no hace la felicidad».

Alonso llegó con la pequeña y la llevó a su oficina, la acostó en el sillón que estaba en el lugar y la dejó dormir un momento. Felipe se asomó en la oficina y vio a Cony atendiendo a la pequeña.

Felipe se acercó a su hija y la sacó del lugar, no quería deberle nada a ellos, su orgullo herido lo hacía actuar como un niño.

Constanza sabía de la disputa que separaba a Alonso de su familia, y eso la disgustaba y preocupaba mucho. Amaba a Alonso, pero no quería perjudicarlo ni a su familia. Según lo que ella veía, solo existían dos posibilidades, renunciar al empleo que siempre soñó o renunciar a Alonso, el amor de su vida.

Capítulo 13: «Todo lo sólido se desvanece en el aire»

Alonso miró a Constanza y supo de antemano que las cosas no estaban bien, pero no conocía los pensamientos en la cabeza de ella. Se esperaba algo malo. Cony no era tonta y las peleas con su familia eran evidentes, sobre todo después de la borrachera de su hermano en la oficina. Debía hablar con ella, antes que todo empeorara. Y eso estaba a punto de pasar…

Cony tomó unos papeles en su mano y se paró frente a Alonso. Lo miró y él tragó en seco, había llegado la hora de hablar.

—Quiero saber que está pasando. —La voz de la chica denotaba enojo—. No puedes mantenerme ajena a todo, no necesitas protegerme.

—Lo sé. —Alonso se mostró firme en sus palabras—. Solo no quería involucrarte en mis problemas.

—Desde que estamos juntos, no solo son tus problemas.

—Tienes razón. Te diré todo. —Alonso tomó aire y comenzó—: Felipe nunca quiso hacer nada de lo que hace, toda su vida se la ha pasado complaciendo a nuestro padre, pero yo no, soy la oveja negra de la familia.

Cony rio con el comentario.

—¿Qué es lo gracioso? —preguntó Alonso.

—Te imaginé vestido de oveja negra —dijo ella aún riendo—. Lo siento, debería ser más seria.

—Me encanta que seas así…

—¿Así cómo?

—Tan alegre, dispersa, con ese humor diferente que tienes.

—Gracias por el piropo, pero volvamos al punto.

—No hay mucho más que decir… Mi padre está en contra de nuestra relación y Felipe lo apoya.

—¿Está en contra porque no soy de su clase social? ¿En qué siglo vive ese hombre?

—No es solo eso, mi papá está acostumbrado a manipular la vida de quienes están a su alrededor, quiere tener todo bajo su control. Felipe es un claro ejemplo de ello —Alonso puso sus manos en la cabeza, intentado explicar lo que para él no tenía explicación—. Ha decidido todos los aspectos de la vida de mi hermano, por eso Felipe me odia, porque yo debería ser quien esté infelizmente casado.

Cony entendió que, tener todo el dinero del mundo no garantizaba nada y admiraba a Alonso, porque siempre es más fácil ceder, hacer lo que los demás dicen, marcar el paso. En ese sentido eran muy parecidos, ella tampoco era de las que se dejaban llevar por la corriente.

Paloma golpeó la puerta de la oficina, Alonso abrió y la mujer entró preocupada.

—Tu hermano no está —habló mirando a Alonso—. Salió y no responde su teléfono.

—Déjalo solo, no te preocupes por él, Paloma. —Alonso agradecía la preocupación de la mujer, aunque le daba miedo… Paloma no debería enamorarse de Felipe de ninguna manera. Solo sufriría.

—Anda a buscarlo —comentó Cony—. Sea como sea es tu hermano.

Alonso la fulminó con la mirada…

—No digas nada. Por lo menos, tu hermano jamás se acostó con tu pareja, así que es distinto.

Él tomó su chaqueta —afuera estaba helado—, las llaves de su auto y salió de la oficina, no sin antes besar a Cony de manera efusiva.

Ambas amigas se sentaron en el sillón que había en la oficina, algo exhaustas, no tanto por el trabajo, sino más bien, por todas las preocupaciones que tenían con ese par de hermanos.

—¿No se suponía que estos eran los tiempos mejores? —habló Cony mientras su amiga se reía—. Aunque esto es mejor que estar con la arpía de Macarena y el descriteriado de Martín.

—Si hay que lamentarse, es mejor hacerlo en un sillón de estos y no en una de esas sillas plegables que tenía Martín —Paloma intentaba hacer bromas, necesitaba sacarse la angustia que le provocaba Felipe.

Alonso no imaginaba donde podría haberse metido su hermano, de seguro nadie sabía. Estaba seguro que a su casa no había ido, no le agradaba mucho estar ahí, por lo que se veía. No podía llamar a nadie sin despertar sospechas, por lo que, solo se fue a la cafetería que siempre frecuentaba su hermano, esperaba que fuese como siempre, tan rutinario que era fácil adivinar su siguiente paso.

Y fue así. Felipe miraba absorto su teléfono, sin percatarse de nada de lo que ocurría a su alrededor, estaba agotado, física y mentalmente, sus sentimientos estaban confusos. Paloma le importaba más de lo que quisiera y sabía que era recíproco, también sabía que para ellos no había futuro, no por el momento.

Alonso se paró frente a él y le dijo:

—Todo el mundo te anda buscando. —No quiso explicarle que todo el mundo se reducía a Paloma, Cony y él—. Desapareciste y aunque lo dudes… nos preocupamos por ti.

—Necesitaba salir de ahí, estaba asfixiándome —respondió aún un poco distraído.

—¿Vuelves a la oficina?

—Sí, vamos.

Felipe caminó de manera lenta al lado de su hermano, si los observaban, no eran parecidos. Felipe era de cabello claro, mientras que su hermano era de cabello negro, rizado y piel en tono ámbar. Felipe, por su parte, era de piel clara. No sabían bien porque eran tan diferentes. Ninguno se detenía a pensar en ello. Aunque Alonso tuvo ligeras dudas cuando Cony le dijo —en alguna ocasión—, que no parecían hermanos.

Llegaron a la oficina y Paloma dio un suspiro de alivio cuando vio entrar a los hermanos, Alonso le guiñó un ojo y pasó por su lado directo a la oficina que compartía con Cony. Paloma se puso de pie, miró su celular y vio la foto de su fondo de pantalla. Era ella con Antonia y Cristóbal. Pensó en sus hijos y en que ellos no merecían una mamá rota, desilusionada por amor, no tenían que pasar por eso nuevamente. Ya habían sufrido con el alejamiento de su padre y el hecho de nunca más verlo. Ellos eran su motor, debía dejar ese enamoramiento platónico encerrado en el fondo de su corazón, porque si de algo estaba segura, es que no tenía oportunidad de ser feliz con Felipe.

Alonso entró en su oficina y observó a Cony. Estaba distraída, oyendo música con audífonos, concentrada frente a su computador, leyendo números como loca. Le gustaba verla así, con sus lentes ópticos, poniéndose distraídamente un rebelde mechón de cabello tras la oreja, mordiéndose los labios en algunas ocasiones, entonando las canciones que escuchaba, tecleando datos. Simplemente disfrutaba de esa mujer, estaba seguro que se había enamorado de ella.

Cony lo vio justo cuando se le puso en frente, estaba de pie observándola y se sonrojó. Alonso le provocaba sensaciones difíciles de explicar, le encantaba verlo, escucharlo hablar y mirarlo cuando trabajaba, así como él lo hacía con ella. Se sentía afortunada por haberse enamorado de él. Por eso, su decisión estaba tomada.

—Voy a renunciar —anunció.

—¿Cómo? —preguntó Alonso extrañado.

—Prefiero perder el trabajo que perderte a ti.

Alonso se emocionó, nunca había sido prioridad de nadie y esa mujer estaba diciéndole que dejaría un trabajo soñado solo para no perderlo a él.

—Cony…

—Alonso Colleman Verdugo. Me has hecho creer que soy merecedora de cosas mejores, hiciste disparar mi autoestima a punta de besos, así que ahora te aguantas a esta mujer empoderada —habló con seguridad—. No tengo miedo de empezar de nuevo. Sé que es difícil para una mujer, que además no tiene contactos ni dinero, porque en este país no existe la meritocracia, los que hablan de eso jamás han tenido que salir a buscar empleo, sin embargo, no estoy asustada. Ya no.

Alonso no pudo decir nada, su ángel bueno saltaba de orgullo y el malo estaba callado, pensando en cómo celebrar tal acontecimiento. El amor había hecho que Cony se redescubriera, ella que siempre fue el patito feo ahora era un hermoso cisne.

No le dijo nada, si era necesario intervendría, pero la veía tan segura y decidida que decidió hacer lo que todos los hombres deberían hacer. Dejarla tomar sus propias decisiones.

Cony imprimió un informe y su carta de renuncia, salió de la oficina y se fue a la de Felipe. Vio a su amiga muy triste —ya tendría tiempo de preguntarle—, en esos momentos, solo debía hacer y decir lo que tenía pensado.

—Permiso —habló al abrir la puerta de la oficina de Felipe—. Vengo a entregar el informe y también mi carta de renuncia.

—¿Vas a renunciar? —habló repitiendo las palabras de ella.

—No puedo seguir aquí, todo se complicó. —Constanza mostraba seguridad en sus palabras—. Aunque este haya sido mi trabajo soñado, no voy a perder a tu hermano.

Cony tomó aire y siguió.

—A diferencia de ti, no le tengo miedo a empezar de nuevo. No me asusta la pobreza. Paloma y yo venimos de lugares en donde nunca sobró el dinero, no como ustedes.

—¡No me conoces! —exclamó Felipe—. No creas que porque te acuestas con mi hermano…

—¡Ah, ahí vas de nuevo! Alonso no es el problema y tú lo sabes. Le tienes tanto miedo a los cambios. Pero ten cuidado, que todo se desvanece. Todo cambia. Hasta el imponente imperio romano cayó.

Felipe no supo qué responder y optó por guardar silencio, al parecer, esa chica había dado justo en el clavo.

Cony salió de la oficina y sonó su celular. Una llamada cambiaría el rumbo de sus días…

Capítulo 14: «Algo contigo»

Cony contestó el teléfono de camino a la salida de la empresa, ya había renunciado, por lo que, no tenía nada que hacer ahí. No quería contestar, pero algo en su interior le dijo que era mejor que lo hiciera. Al otro lado de la línea, su hermana Emilia.

—Cony… —habló con voz angustiada—. El papá está en el hospital, le dio un infarto al corazón y está grave.

—¡No puede ser! —respondió Cony, se detuvo y sujetó muy fuerte su teléfono, como si fuera a caérsele.

—Mi mamá no quería que te llamara, pero el papá quiere verte. —Emilia era quien mejor se llevaba con Constanza—. Tú decides si venir o no.

—¡Claro que voy! —exclamó—. Gracias por avisarme.

Cony no preguntó en qué hospital estaba su padre, supuso que en el que estaba más cerca de su casa, por eso, tomó su teléfono buscando la aplicación Uber.

Alonso se acercó a ella porque la vio muy nerviosa.

—¿Pasó algo? —consultó.

—Mi papá… le dio un infarto —habló con voz temblorosa—. Está en el hospital.

—¡Vamos! —Alonso la tomó de la mano y la llevó al estacionamiento, ella apenas reaccionaba.

Alonso abrió la puerta del lado del copiloto, ayudó a Cony a subir y luego se fue al lado del chofer y encendió el auto.

—¿Dónde vamos? —preguntó apenas el motor del auto comenzó a funcionar.

—No pregunté en qué hospital está…

—Dame tu teléfono —le pidió Alonso. Cony le entregó el móvil y él buscó el número de su hermana. La llamó y la chica le dio la dirección. Al terminar la llamada, Alonso guardó el teléfono en su bolsillo.

Cony apenas hablaba, estaba nerviosa. Hacía tiempo que no hablaba con su padre, se había enojado con él por siempre defender a Natasha; sin embargo, extrañó verlo, él era su única familia.

El auto se detuvo y Cony se dio cuenta que habían llegado al hospital, bajándose del vehículo, aún nerviosa. Alonso la tomó de la mano y entró con ella al centro hospitalario.

Vio a Natasha y observó hacia otro lado para ver si divisaba a Emilia, no la vio. Solo se dio cuenta que Natasha se acercaba a ella furiosa.

—¡No tienes nada que hacer aquí! —gritó—. Nadie te quiere en esta familia, menos en este lugar.

Cony no dijo nada, en primer lugar, porque no haría un escándalo en el hospital, en segundo lugar, porque sabía que en algo tenía razón, su familia la había apartado deliberadamente, más bien, se habían distanciado y nadie hizo nada por remediarlo.

—No voy a discutir contigo —habló Cony mientras sujetaba fuertemente la mano de Alonso—. Vine a ver a mi padre y no me lo vas a impedir.

—¡Seguridad! —gritó Natasha mientras un guardia se acercaba a ella.

—¿Qué pasa? —preguntó el guardia.

—¡Saque a esta mujer de aquí! —ordenó.

Alonso decidió intervenir antes que el conflicto fuera mayor.

—Señor —comentó Alonso mesurado—. No hay ningún conflicto aquí, solo que la señorita no quiere que su hermana vea a su padre.

—¡Señorita! —le habló enojado a Natasha—. No estamos para sus problemas personales —marchándose enojado.

Alonso y Cony caminaron buscando donde estaba ingresado su padre. Encontraron el lugar y ella entró sola.

Mientras Constanza estaba en la habitación junto a su padre, el teléfono de Cony comenzó a sonar, recordándole a Alonso que aún lo tenía en su bolsillo. Lo sacó y dudó en contestar, pero observó que la llamada provenía del extranjero y decidió atender.

Del otro lado de la línea, un hombre hablaba en un español muy rudimentario, preguntó por Constanza Rivera y Alonso le comentó que él era su compañero de trabajo. El hombre le dijo que necesitaba hablar con ella para una oferta laboral. Alonso decidió preguntar de dónde la llamaban y escuchó el nombre de una empresa que él conocía, cuya sede principal estaba en Estados Unidos.

Se despidió prometiendo entregar los datos a Cony para que se comunicara con ellos. Meditó un segundo, si ella aceptaba esa propuesta desconocida, lo más probable es que se fuera del país y eso… no quería ni pensarlo. Alonso estaba enamorado de esa mujer fuerte, bella e independiente y no deseaba dejarla ir.

Mientras tanto, Cony observaba a su padre. Acostado en la cama del hospital con máquinas monitoreándolo, con su rostro emblanquecido y los ojos apenas abiertos.

—Papi… estoy aquí. —dijo Constanza dulcemente—. No digas nada, no es necesario. Solo quiero que te recuperes.

El hombre la miró y apenas pudo contener sus lágrimas.

—No hables, descansa.

Cony se quedó un buen rato con su padre, le tomaba la mano y le hacía cariño, le acariciaba el cabello y sentía una profunda pena al verlo así. Él siempre fue su héroe, ese que la tomaba en brazos y la hacía volar, o quien le contaba historias mientras arreglaban el jardín. Todo cambió cuando se fue de la casa para vivir con Mónica. Para Cony eso fue traición y no habló con su padre por años. Luego, cuando ella apenas cumplía quince años, su madre murió y Sergio se vio obligado a llevarla a vivir con él y su nueva familia. Ahí intentó ser ese padre que Cony tanto amaba, pero no le resultaba porque Mónica nunca aceptó del todo a Cony en sus vidas.

Ahora ella deseaba olvidar todo, dejar que sus hermanas y su madrastra dijeran lo que quisieran, pero seguir relacionándose con su padre.

Alonso caminaba de un lado a otro por el pasillo del hospital. Tenía entre sus manos el futuro de Cony y su ángel malo le decía que se quedara callado; mientras que su ángel bueno le recordaba su amor por una mujer libre y su promesa de dejarla tomar sus propias decisiones.

Ella salió hacia el pasillo buscando a Alonso, apenas lo vio le dio un abrazo, era lo que necesitaba, a ese hombre y sus abrazos mágicos, esos que le entregaban la fuerza que necesitaba.

Alonso le tomó la mano y salió con ella del lugar, no se despidió de Natasha, solo de Emilia, ya que, Mónica no se veía por ningún lado.

Salieron del centro hospitalario y Alonso no iba al estacionamiento, necesitaba hablar con Cony y debía hacerlo pronto, no quería arrepentirse.

La condujo a una pequeña cafetería cerca del hospital, pidió un café negro sin azúcar y Constanza solo una botella de agua mineral. Ella lo miró extrañada, sabía que algo le pasaba, pero decidió esperar a que él le dijera.

Alonso bebió su café despacio, sin decir nada, ya que, su cerebro intentaba encontrar las palabras justas.

—Necesito contarte algo —habló mientras le tomaba la mano—. Tengo tu celular.

—¿Y cuál sería el problema? ¿Descubriste mis fotos desnuda? —mencionó intentando bromear.

—No es eso… me habría gustado ver esas fotos —dijo de forma pícara—. Te llamaron y contesté.

—No me digas que es de cobranzas… aún debo dinero, como gran parte de todos los chilenos.

—Cony, necesito que me dejes hablar, es muy difícil para mí. Sería más fácil quedarme callado, sin embargo, me prometí a mí mismo dejarte tomar tus propias decisiones.

—¿Qué pasa? —dijo algo inquieta—. Sabes que puedes decirme lo que sea y que no me gustan ni los secretos ni las mentiras.

Ella pensó lo peor, el fantasma de su inseguridad todavía estaba presente. A momentos, su cabeza le decía que un hombre como Alonso se aburriría fácilmente de una mujer como ella, de clase social distinta, sin «mundo».

—Mi amor, te llamaron de una empresa en Estados Unidos. De esa con la que trabajamos hace poco, quieren trabajar contigo.

—¿En serio? —Ella se mostraba incrédula, no sabía cómo habían dado con ella, ni el porqué del ofrecimiento.

—Tú hiciste gran parte del trabajo con ellos y quieren contratarte. —Alonso le entregó el celular y en las notificaciones pudo ver un correo de la empresa —en inglés que ella apenas entendía—, Alonso tomó el celular y comenzó a leer lo que decía. La invitaban a trabajar en la empresa, en el área latina; no obstante, debería mudarse a Estados Unidos. Alonso leyó todo sin parar. No quería tener que suplicarle que no se fuera, pero el sueldo era más del doble de lo que ganaba antes y era la oportunidad de su vida.

Ella estaba emocionada, aunque al mirar a Alonso su alegría se difuminó. No quería dejarlo, pero la oportunidad era única.

—Tienes que ir… —dijo Alonso.

—No sé si quiero.

—Claro que quieres, no te preocupes por mí, voy a ir a verte en cuanto pueda. No estoy dispuesto a perderte.

Ella se acercó a él y lo abrazó. Respondió el correo indicando que aceptaba el trabajo, casi de inmediato le respondieron dándole un mes para que realizara los trámites de su visa y pasaporte —ella nunca había salido del país—, para luego ir a su nuevo hogar, Estados Unidos.

Alonso quería acompañarla, sin embargo, su nueva vida estaba en la empresa de su padre, sobre todo en estos momentos que Felipe había renunciado.

El mes pasó demasiado rápido para todos. Paloma no quería que su amiga se fuera, pero, al igual que Alonso, entendía que era lo mejor para ella.

La noche anterior ninguno de los dos pudo dormir, se amaron hasta quedar sin fuerzas. Ella quería llevarse el recuerdo de su piel hasta volverlo a ver. Él, quería quedarse con los ojos de su amada grabados en su memoria.

Capítulo 15: «No hay nadie aquí…»

La despedida entre ellos fue llena de amor. No esperaban tener que separarse, porque llevaban solo algunos meses de relación, pero el amor entre ellos era profundo, como el mar.

Cony tampoco esperaba a quien llegó a despedirla, su padre, junto con su hermana Emilia, llegaron al aeropuerto justo antes de que ella tuviera que pasar a la sala de policía internacional. Ella abrazó a su hermana justo antes de detenerse a mirar a su padre, se notaba más viejo, su piel era pálida y caminaba de manera normal pero lenta. Ella abrazó a su progenitor y se lanzó a llorar, no esperaba verlo ahí, porque sabía que aún no estaba recuperado del todo.

Permanecieron abrazados por un rato, mientras que Emilia le contaba a Alonso que su padre se había enfrentado fuertemente a su madre y a Natasha por Cony y que asumió ser un cobarde durante todos esos años. Constanza no oyó ninguna de esas palabras, solo se preocupó de su padre, de recuperar, aunque fueran algunos minutos de esos abrazos negados… Como dicen «la vida es eterna en cinco minutos».

Constanza se despidió de su padre, se llenaron de promesas, de hablar todos los días, de verse apenas ella pisara Chile nuevamente y Sergio entendió que su hija y ese hombre que estaba a su lado necesitaban tiempo para despedirse, que sería difícil, porque en el aire se podía percibir el amor entre ellos.

Al cabo de unos minutos, Cony se fue de su lado, debía esperar para embarcar y él no podría estar con ella. Alonso la dejó ir y ella apenas caminaba sujetando su maleta, no quería dejarlo ¡por qué todo era tan difícil! El trabajo de sus sueños ahora no se veía tan increíble como hace días atrás. No tenía claro si soportaría estar lejos de su país, de sus afectos, pero sobre todo le dolía estar lejos de Alonso.

Él no se fue del aeropuerto hasta que vio el avión partir, le hubiese encantado que ella no se fuera, algo así como las películas, que la heroína se baja del avión y corre en búsqueda de su amado. Ese era su lado egoísta, porque en su interior, estaba orgulloso porque Cony merecía ese trabajo. No pudo estar en su casa, tan grande, tan vacía, carente de luz… Decidió irse al departamento de Cony y quedarse ahí, podía sentirla cerca a través de sus cosas. De sus libros. Sacó el primer tomo de Harry Potter y comenzó a ojearlo. Empezó a leerlo. Se reía al imaginar a Cony viéndolo leer esos libros que juró por su vida nunca leer.

Los días pasaban y Alonso sentía el peso de ser el encargado de la empresa. Además, eso le servía para estar cansado y poder dormir. No volvió a su casa, solo fue por algunas cosas y se instaló en el departamento de Cony. Hablaban todos los días, ella estaba radiante en su nuevo trabajo, aunque extrañaba horrores a Alonso. Nunca pensó enamorarse así de alguien, quería tenerlo a su lado y mostrarle todo lo que estaba aprendiendo, todo lo que hacía; sin embargo, se conformaba con las videollamadas cargadas de puro amor y algo de picardía… porque extrañaba todo de él.

Paloma siempre se preocupaba por Alonso, la lejanía de Constanza los volvió amigos y ya que era la mano derecha del nuevo jefe, pasaba bastante más tiempo en la oficina y era frecuente que sus hijos fueran para allá; así que, Antonia veía a su príncipe muy seguido y el príncipe sonreía con esta niña tan divertida.

De Felipe se sabía poco, había renunciado y vivía solo en un departamento pequeño. Sus cuatro hijos vivían con su madre, que le daba muchos problemas. No lo dejaba ver a los niños y le exigía dinero. El padre de Alonso y Felipe estaba enojadísimo con la situación. Alonso le ganó la partida una vez más, al sorprenderlo intimando con la secretaría antes de su viaje a Estados Unidos, y amenazar con revelar su secreto. Él no estaba dispuesto a perder su estabilidad familiar, ni ser mal mirado; por lo que, decidió ceder a todo lo que Alonso exigía, ya sabía que era muy capaz de cumplir sus amenazas.

Los días eran agotadores y las noches vacías para ambos, Constanza miraba las estrellas desde su departamento en Miami y pensaba en Alonso. Seguía sin poder ser completamente feliz, los meses pasaban y no se veían…

Se acercaba la gran fiesta de la empresa, la misma en la que se conocieron Alonso y Cony. Todo el mundo se preparaba para este primer año bajo el nuevo mando, y aunque la empresa resintió la salida de Felipe, Alonso fue capaz de generar un buen clima laboral y que todos quienes confiaron en su hermano, ahora confiaran en él.

Paloma deambulaba de un lado a otro organizando la fiesta, los invitados y la cena. Su cabeza era un caos, lo único que la alegraba eran los mensajes de su amiga y otros, unos mensajes de alguien que le hacía ilusionar, aunque ella sabía que era una fantasía… soñar nunca mató a nadie.

Desde hacía unos días, Constanza y Alonso no hablaban, la diferencia de horario, el exceso de trabajo y la dichosa fiesta los tuvo alejados. Ambos se sentían melancólicos.

Durante la fiesta, el centro de eventos se repletó de gente rápidamente. Paloma en una esquina, enfundada en un vestido negro que hacía resaltar todos sus atributos, vio acercarse a Alonso con una copa de vino blanco, algo suave para empezar.

—Estás estupenda, querida —comentó Alonso, quien se veía muy guapo con su traje negro a medida—. Ya que no está tu amiga para que te lo diga, lo hago yo.

—Gracias, tú también te ves guapo. —dijo Paloma bebiendo solo un poco de vino—. Ya que no está mi amiga lo puedo decir con libertad.

Ambos rieron, eso hasta que divisaron a Felipe, ninguno imaginó verlo en la fiesta, pero ambos se alegraron de verlo.

—Felipe, que bueno verte —dijo Paloma un poco nerviosa, Felipe estaba muy guapo en su traje gris.

—Siempre eres bienvenido, Felipe. Todo esto es más tuyo que mío —dijo Alonso, su hermano asintió seguro de la sinceridad de su hermano.

—Paloma, ¿podemos hablar? —preguntó Felipe.

—Sí, pero rápido, tengo que supervisar la cena —mencionó mientras se alejaba de Alonso caminando despacio.

Se fueron a una oficina del lugar, más privado. Felipe se acercó a ella y la besó. Paloma no dijo nada, en su interior esperaba ese beso más que nada.

—Perdón por besarte así, pero no podía esperar más. —Felipe la abrazó porque lo que tenía que decir no podía hacerlo a la cara—. Huyo como un cobarde, no puedo arrastrarte conmigo, pero eres la mujer más increíble que he conocido.

La soltó de sus brazos y salió por la puerta sin decir nada más. Paloma se tocó los labios rememorando el único beso compartido y esa despedida. Si, tenía razón, era un cobarde.

Su teléfono sonaba insistentemente, los mensajes de WhatsApp se sucedían muy rápido. Lo bueno de su vestido, es que tenía bolsillos y le permitía tener su teléfono con ella. Vio los mensajes y recordó que «el show debe continuar».

Alonso caminaba hablando con cada persona que lo detenía para felicitarlo o simplemente hablar con él. Luego en la cena, llegó su turno de dirigirse a los invitados, mencionando el trabajo que tenían por delante y agradeciendo a todos los que confiaron en él. No podía dejar de mencionar a Cony, si bien él la había ayudado con su problema de autoestima, ella le había dado a él tanto amor como nadie lo había hecho y eso lo hacía más fuerte. Se emocionó al nombrarla y Paloma se encontró a sí misma limpiándose disimuladamente una lagrima, ojalá alguien la amara a ella de esa manera. Ya había renunciado a esa posibilidad.

La cena transcurrió tranquila, no hubo sobresaltos, todos estaban contentos. Luego fue el momento del baile, el salón contiguo estaba preparado para recibir a quienes quisieran participar de este momento.

Sonaba una pieza, una que Alonso reconocía, un clásico. Estaba preparado para esa canción, pero no para lo que vio…

Una chica con un vestido rojo, el cabello ondulado, caminando hacia él buscándolo con la mirada.

Si Chris de Burgh la hubiese visto, sería a ella a quien dedicaría su único gran éxito “Lady in red”.

Constanza caminaba con seguridad, aunque no estaba acostumbrada a esos tacones ni a usar vestido, quería sorprender a Alonso y lo logró.

Caminó hasta estar frente a ella y le extendió la mano.

—¿Bailas conmigo, chica de rojo? —preguntó.

—¿Aquí frente a todos? —contra preguntó.

—No hay nadie aquí… solo somos tú y yo.

Cony se acercó más a él y lo besó, ¡lo había extrañado tanto! Caminó con él a la pista de baile mientras la música no dejaba de sonar y Chris de Burgh seguía hablando de esa chica de rojo que no podría olvidar.

Paloma solo sonrió al recordar todo lo que tuvo que hacer para que Alonso no se enterara que Cony volvía a Chile, tuvo que mentir e incluso pedirles a sus hijos que lo hicieran, pero al verlos juntos supo que había valido la pena. Sobre todo, al verla con ese vestido rojo y la canción. Todo creado por su romántico corazón y todo salió como ella lo esperaba.

—¿Cómo es que estás aquí? —Alonso no daba crédito a tenerla frente a él, lo había soñado, pero la realidad era aún mejor.

—Pedí que me trasladaran a Chile, ya que, querían entrar al mercado, y quién mejor que yo para hacerlo.

—¿Te quedas? —habló apenas con un hilo de voz, emocionado de poder tenerla cerca nuevamente.

—Sí… me quedo —respondió también con la emoción a flor de piel—. No te voy a dejar solo nuevamente, aquí está mi familia… aquí estás tú.

Alonso no pudo resistirse a besarla, ella era su mejor regalo, su bonita…

Y siguieron bailando, besándose, sin poder creer que estaban juntos nuevamente.

—Te amo… eres la mujer más bonita que he conocido —susurrándole al oído.

—Alonso, no soy bonita —retrucó ella, jugando con él.

—No, no lo eres… eres preciosa.

Y ella no pudo hacer otra cosa que creerle.

2 comentarios en “No soy bonita”

  1. ¡Guao!, hace años no leía una historia romántica tan sensible, me has enamorado. Bien logrado el cambio en las actitudes y creencias de los personajes.
    Me encantó.

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